viernes, octubre 26, 2012

Accidente laboral

Existe un viejo chiste, pasablemente obsceno, en que un contrito pecador confiesa al sacerdote haber estado fornicando con una nigeriana en un cuarto oscuro. El cura, asombrado por las proezas amatorias del pecador contrito, reacciona con una reflexión tan espontánea como inapropiada a su condición sacerdotal:

- Hijo mío, eso no es pecado... eso es puntería.

Pues bien, sepan ustedes que me acabo de escogorciar en el oscuro rellano de la escalera tras llevarme por delante al negrísimo caniche de mi jefa. La conclusión, más o menos jurídica, se impone por su prepio peso:

- Letrado, eso no es un accidente laboral, es idiotez supina.

De San Benito a San Alfredo

Es doloroso reconocer que no siempre puede uno estar a la altura de sus promesas. Allá por el mes de julio conmemoraba por ustedes la fiesta de San Benito con expresa promesa de prodigarme por estos pagos y he aquí que me veo en el día de San Alfredo (el grande) sin haber añadido una palabra a mi episódica verborrea digital.

Un desastre sin paliativos, amado público, que sólo puedo justificar desde el más absoluto colapso de trabajo y una taquicardia que llevo instalada en el pecho desde que decidí suprimir mis vacaciones allá por el mes de agosto.

Habré de concluir, necesidad obliga, que el negocio de la resurrección ha perdido mucho desde la época clásica. Si por entonces podías contar con resucitar como deidad, o en su caso, como constelación del zodiaco, en pleno siglo XXI no puedes pedir mucho más que reengancharte a la existencia transmutado en zombi.

Lo dicho. Ni de prometer enmienda  me veo capaz. Que alguien coja un lanzallamas y acabe ya con mi sufrimiento.