Me entero leyendo el periódico, que en la NBA se ha armado la de Dios es Cristo a cuenta de la decisión de un tal John Amaechi, baloncestista retirado, de salir del armario. El mencionado armario, dicho sea de paso, debía de tener tres cuerpos y cinco almas, porque Mr. Amaechi ronda los 2 metros con 10 centímetros y sobrepasa con notable holgura los 120 kilos. Uno pensaría que con semejante presencia nadie iba a tener la imprudencia y falta de lógica de llamarle "mariquita", pero hete tú que sí lo ha habido.
Resulta que, al poco de conocerse la homosexualidad del chavalote, otro jugador jubilado, el más ilustre y chiquitín Tim Hardaway (1,88 m, 88 kilos) se despachó a gusto y le puso verde perejil. A grandes rasgos, el tal Tim dijo que los homosexuales le daban tirria, precisando que "lo primero de todo, es que no desearía tener a un compañero homosexual en mi equipo. Segundo, si estuviese, tendría que saberlo y poner distancia entre ambos, porque no es algo válido para mi." En román paladino, que no le gusta que nubios inmensos le miren el culo en las duchas.
Uno pudiera pensar que el señor Hardaway es un pelín intransigente, desconsiderado y homófobo, pero no, no es eso. La clave no está en las preferencias amatorias de estos dos señores sino en su disparidad de peso y medida. ¿Se pensaban que se los había dado para fardar de mis concocimientos deportivos? Pues no, que uno es modesto y púdico cual inexperta doncella. Se los ofrecí por su relevancia para el caso. Don Tim, los hechos son concluyentes, ha sufrido un violento episodio del "Síndrome de la Chihuahua", que, por si les interesa -y hagan el favor de pronunciar esta frase con acento argentino-, consiste en "el miedo pánico que siente la chihuahua cuando el mastín le olfatea el culo".
Sin embargo, los directivos de la NBA, ajenos a estas disquisiciones filosóficas, le han retirado al tal Hardaway la invitación a diversos festejos que la misma organiza. Acto seguido, personal, jugadores, directivos, amigos y parientes lo han puesto a caldo con entrega y devoción. Curiosamente ha habido una excepción. Una relevante personalidad del mundillo de la canasta le ha prestado su apoyo y agradecimiento. ¿Otro chiquitín con el síndrome chihuahuero? Pues no, ha sido el señor John Amaechi en persona.
"Por lo menos alguien ha dicho lo que piensa, aunque sea una tontería", ha comentado el fornido atleta.
Se conoce que don John se malicia que un buen porcentaje de los que andan por ahí leyendo en alta voz el manual del deportista tolerante piensan para sí lo mismo que el base bocazas pregona y lo más probable es que tenga razón.
viernes, febrero 16, 2007
Salir del armario ropero
jueves, febrero 15, 2007
Friquismo Astral
Advierte el refrán y bastante razón tiene que todo se pega menos la hemosura. La experiencia me permite asegurar que la astronomía para aficionados es sumamente infecciosa y que mi hermano Starbuck sufre la enfermedad del observador de estrellas en su grado más severo. Para que se hagan una idea, cuando el mes pasado le mandaron a pelearse con la red de telecomunicaciones venezolana, nuestra primera conversación telefónica fue tal que así:
- ¿Qué tal se está por Caracas?
- Hombre, mucho curro, pero Sirio se ve bien alto sobre el horizonte y Canopus se observa con toda claridad.
Sin embargo, a parte de algún episódico ataque de tortícolis, consecuencia necesaria de seguir el inmenso catálogo de cuerpos celestes que su dedo señala cada vez que sale de noche al campo, yo pensaba que había quedado a salvo de los efectos perniciosos del contagio.
Anoche supe que no es así y es que, después de estudiar, opté por darme un desintoxicante paseo nocturno. En un momento dado, en lugar de observar el suelo y prevenirme contra las deyecciones de los canes del barrio, alcé imprudente la vista al cielo y vi una bonita estrella de color rojizo. Malacostumbrado a la infalible ciencia de mi hermano, me lamenté: - ¡Qué lástima no poder identificarla!
Sin embargo, mirando un poco más abajo, pude ver tres estrellas balnquecinas perfectamente alineadas. Más abajo aún, una estrella blanco-azulada brillaba con superior intensidad que la primera. Parece que las explicaciones astronómico-fraternales han tenido más efecto en mí del que creía, pues en ese momento reconocí la constelación de Orión.
Tan emocionado me quedé con mi hallazgo que se me escapó un extemporáneo:
- ¡Belteguese, es Belteguese!
Menos mal que los paseantes nocturnos no suelen llevar en la agenda del móvil el teléfono del manicomio. Sospecho que en el loquero no me iban a dejar escribirles a mediodía.
miércoles, febrero 14, 2007
Por el ser el día de los enamorados
Antes de que alguien se dejé media vida buscando a este caballero en el Google les suelto la anécdota. El tal Caraccioli era, en tiempos de Luis XV, el embajador de Nápoles en París. Por hacerse el simpático, el monarca francés sacó el tema que primero se le pasó por la cabeza -siendo un Borbón no podía ser otro- y le preguntó al diplómatico, que tenía fama de galán:
- Contadme, ¿aquí en París hacéis mucho el amor?
Éste contestó:
- En modo alguno, mi señor. Lo compro ya hecho.
De modo que, amparado en la sabiduria del napolitano, puedo entrar en el tema putañeril seguro de no haber hecho nada inapropiado.
Resulta que, en mis tiempos de universidad, tenía un profesor de "algo parecido al marketing" -el nombre verdadero era alguna de esas cursis perífrasis que tanto se dan en los planes universitarios- que tenía un marcado prurito de originalidad. Para ilustrar una de sus explicaciones abrió el periódico, sección de anuncios por palabras, subsección de suripantas y leyó:
- Fulanita. Chica de pueblo. Tantas pesetas.
A continuación, atraída la atención general por el insólito anuncio, se puso a hablar de estrategias de diferenciación y de la búsqueda para el producto de un adecuado nicho de mercado. Aquellas explicaciones no avivaron mi interés por el marketing, que es y será nulo, pero me descubrieron el anuncio por palabras como género literario. Desde entonces, tengo la costumbre de ojear periódicamente la sección de suripantas en busca de nuevos hallazgos. El otro día, mi paciencia fue magníficamente recompensada. El anuncio incluía la fotografía de una rubia pechugona y decía tal que así:
- Ágata. Apaga mi fuego o arde conmigo. 160 €.
Difícil introducir mayor intriga en menos espacio. Observen cómo se nos presenta una disyuntiva, dos posibles actividades que doña Ágata realiza previo pago de 160 euros. Dada la ubicación del anuncio, parece indudable que una de ellas sea la práctica más o menos hábil del acto sexual. ¿Pero cuál? ¿Será la de apagar el fuego o la de arder en compañía? ¿Qué demonios será la otra? ¿Qué ocurre si un cliente se equivoca y solicita la que no es? ¿Lo quemará Ágata a lo bonzo en cuanto suelte la pasta? ¿Le dará un extintor? ¿La pasta es para pagar los derechos del examen para ingresar en el cuerpo de bomberos?
Enigmas sin número, ya lo ven. Lo mismo debía mandar a Edipo para que lo investigara. A fin de cuentas, esto es como la Esfinge de Tebas, pero de pago.
martes, febrero 13, 2007
Snowy en Barajas
La prensa gratuita tiene dos grandes virtudes. La primera y más evidente es lo barata que sale: si tienes la osadía de acercarte a menos de cien metros de una boca de metro durante la hora punta de la mañana, unos amables caballeros con chubasqueros de colores te la introducirán, gratis et amore, por todas las oquedades corporales que imprudentemente dejes al descubierto. La otra gran ventaja es, que a la portada de un periódico gratuito puede llegar absolutamente cualquier cosa.
Sin ir más lejos, en el diario que me han endosado esta mañana, la portada la ocupaba Snowy. El tal Snowy, para su información, es el can de la foto. Según parece, sus dueños, una pareja de turistas británicos, lo facturaron, convenientemente enjaulado, cuando abandonaron su patria camino de Madrid.
Craso error, si quieres que tu mascota sobreviva a Barajas, lo peor que puedes hacer es disfrazarlo de maleta. A juzgar por lo que se cuenta, una maleta destinada al aeropuerto matritense tiene tantas posibilidades de acabar allí como en la oficina de objetos perdidos del aeropuerto de Katmandú. Así, pues, ocurrió lo que era previsible y los ingleses recibieron la jaula abierta y sin relleno, pero, lejos de conformarse con la pérdida, decidieron revolver Roma con Santiago para recuperar al perdido animal. Tanto dieron la matraca que el personal de seguridad del aeropuerto organizó una batida en pos del escurridizo cánido fugitivo.
Semana y media después de la desaparición, el tal Snowy fue localizado en las inmediaciones de la T-1, donde había encontrado su lugar en el mundo dedicándose con fervor a la caza de hispánicos conejos (así entre nosotros, no es el primer turista inglés que viene para eso). Tan a gusto debía estar el bicho en su nuevo hábitat que, lejos de dar la bienvenida a sus rescatadores, le propinó un alevoso mordisco a un guardia de seguridad (entre nosotros también, tampoco es el primer turista inglés que lo hace).
Devuelto el bicho a su propietaria, uno de los integrantes de la batida, declaró al periódico: "Fue una gran suerte que el animal permaneciera cerca de las inmediaciones de la T-1 y que no haya huído a la T-4."
En efecto, una gran suerte, si Snowy se llega a refugiar en la T-4 se hubiera perdido él, se hubieran extraviado los rescatadores, se hubiera perdido todo rastro de los rescatadores de los rescatadores... y, a estas alturas, estaríamos mandando a la brigada paracaidista para sacarlos a todos a rastras de la oficina de objetos perdidos del aeropuerto de Katmandú.
lunes, febrero 12, 2007
Comparativas
"Cuando los demás meten la pata, se dice que es un lapsus; cuando lo hago yo, es una majadería o una solemne tontería."
Puede que sea verdad, esta señora me resulta demasiado transpirenaica como para seguir sus andanzas al detalle, pero no entiendo por qué la comparan con el señor Rodríguez . Hasta donde yo recuerdo, cada vez que don José Luis dice una majadería o una solemne tontería, enseguida aparece Rubalcaba para decir que ha sido un lapsus.
domingo, febrero 11, 2007
El Tiempo vencido por la Esperanza y la Belleza
Últimamente tengo un tanto descuidada mi vieja tradición de los artículos dominicales gafapasteros, pero, comoquiera que ayer me regalé una de mis antaño frecuentes mañanitas de museo, hoy tocará hablar de cuadros.
Después de regodearme con una completa inspección de la interesante exposición sobre Tintoretto que temporalmente ocupa la galería principal del Prado decidí aprovechar el viaje y ojear alguno de mis cuadros favoritos. Como ya me había administrado una ración más que razonable de pintura veneciana, opté por uno de mis paisajistas preferidos: Claude Gellée, más conocido por Claudio Lorena, pues recordaba que el Prado conserva cinco magníficos paisajes del lorenés, los cuales contemplé a mi plena satisfacción.
Lo que había olvidado es que, en la pared contigua, se exhibe un cuadro que, si bien no me entusiama como pintura, nunca deja de procurarme una sonrisa. Se trata de "El Tiempo vencido por la Esperanza y la Belleza", de Simon Vouet.
El lienzo, una de esas afectadas alegorías que tanto gustaban en el barroco francés presenta al tiempo como un gruñón anciano alado, que, derribado en el suelo, ha de soportar las vejaciones a las que le someten dos belicosas mozas - la Esperanza y la Belleza- y unos innominados amorcillos, que se unen a la jarana para alegrarse el día, en el más cumplido estilo kaleborrokista que imaginarse pueda.
La parte cómica del asunto no está solo en los mordiscos salvajes que uno de los angelotes le arrea al pobre Cronos, sino en las caras de las aguerridas muchachas. Si se fijan, observarán que la de la izquierda, que viste de rojo, es bastante mona, cosa que no se podría afirmar de su nudista compañera sin ofender gravemente a la verdad. Bueno, podrán decir, sólo una de las dos mozas representa a la Belleza, la otra puede parecer un cercopiteco borracho sin inhabilitarse para encarnar a la Esperanza. No lo niego, pero es que es la Belleza la que está en porretas.
¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Tan descabalados estaban los conceptos estéticos en el XVII francés? Pudiera ser, pero hay una explicación más simple.
Sepan señores, que Simon Vouet, además de un pintor habilidoso era un hombre casado. La Señora de la derecha representará a la Belleza con escasa fortuna, pero desempeñaba otro papel con mucho mayor aprovechamiento y talento: el de señora de Simon Vouet.
Admitámoslo, por más que uno pueda ser un pintor de talento y un alegorista competente, dormir en el sofá es bastante incómodo.
viernes, febrero 09, 2007
Cosas que hacer en Tenerife cuando estás (callado como un) muerto
Hace unos años, el ayuntamiento matritense tenía instalado, en la esquina de un parque cercano a mi casa, un medidor de ruido. No obstante lo bucólico del emplazamiento, en mi vida lo ví bajar de los 60 decibelios. Debe ser que los madrileños somos escandalosos por naturaleza, porque en Santa Cruz de Tenerife estas cosas no pasan.
Allí, un tribunal ha suspendido cautelarmente los actos callejeros del Carnaval por atentar la alharaca que conllevan contra los derechos fundamentales de los vecinos. Precisando más, se ha señalado que los ruidos no deben exceder ni de 55 decibelios durante el día ni de 45 por la noche. No sé que baremos manejan sus señorías, pero para mí que son los de contaminación acústica en el desierto del Gobi, porque para una ciudad son tirando a bajitos. Para que se hagan una idea, el ruido de un atasco a cinco metros ronda ya los 70. Dicho de otro modo, en Santa Cruz de Tenerife está permitido hablar bajito, si es de día. De noche, mejor por señas.
Miedo me da que esto se generalice. Dado lo aficionados que somos en Carpetovetonia a la hipercorrección política no sería de extrañar. En tal caso despídanse del chupinazo en Pamplona, de la Semana Grande en San Sebastián, de los Moros y Cristianos en medio Levante y, sobre todo, de las Fallas valencianas. Si el Carnaval de Tenerife atenta contra los derechos individuales, las Fallas, como poco, constituyen un crimen contra la humanidad. Suerte tendrán los valencianos si no son deportados a Siberia en masa y sustituidos por suizos sordomudos, que son notoriamente más silenciosos.
Mientras tanto, fiel a mi autoimpuesta tarea de fomentar el bienestar común, he decidido elaborar una lista de actividades de las que todo buen tinerfeño debiera abstenerse en el futuro para no hacerse responsable de mermar los derechos de sus conciudadanos:
- Arrancar vehículos de motor. El modo correcto de comenzar la marcha no es ese, sino empujarlo cuesta abajo. ¿Se creían que el Teide estaba allí para hacer bonito? Pues no, la naturaleza es sabia y no gasta en balde.
- Frenar con brusquedad. Si ladera abajo el coche se le embala y pierde el control, en modo alguno pise el freno, ya que el roce de los neumáticos con el suelo produce un estruendo atroz. Tampoco es lícito estamparlo contra un muro. Lo suyo es arrojarse al mar, que suena menos. No se quejen, que es fácil, tienen mar por todas partes. ¿No les decía yo que la naturaleza es bachillera?
- Llamar a un Taxi. No sólo es que se prohíba berrear, es que, para volver a ponerlo en marcha lo va a tener que empujar hasta la cima del monte y no compensa. Mejor vayan andando, que la isla no es tan grande. Peor sería ser en Australia.
- Tocar las campanas para llamar a misa. Así contribuimos a la laicidad del Estado, que está muy de moda.
- Llamar a la oración desde el alminar o minarete. Lo siento, sé que no va a ser bueno para la Alianza de Civilizaciones, pero es que los almúhedanos gritan como condenados.
- Estornudar. La buena praxis debiera excluir de la prohibición los estornudos proferidos sin culpa del estornudante. Sin embargo, acatarrarse en Canarias, con el clima que tienen, es un acto doloso per se. Prohibido queda.
- Bailar zapateados flamencos. Son admisibles en cambio las isas, la sardana y el minué, que se bailan con pasitos pequeños y silenciosos. Son admisibles, claro está, siempre que se bailen sin música.
- Discutir de política.
- Discutir de fútbol.
- Discutir de lucha canaria.
- Discutir en general. Esto sí que va a ser un consenso y no lo de la Transición.
- Pero sobre todo, sobre todo, queda prohibidísimo jugar al tenis con María Sharapova. (1)
(1) Supongo que en realidad será necesario prohibir todo genero de juegos con la tenista rusa, ya que si en el tenis alcanza los 110 decibelios, en otras actividades ha, por fuerza, de escandalizar lo suyo. No obstante, con todo el dolor de mi corazón se lo digo, carezco de pruebas.



