viernes, junio 29, 2007

La gaya vida del barón von Cramm

Desde que el otro día empleé una foto suya para ilustar una entrada sobre tenis, la idea de escribir una semblanza del tenista germano Gottfried von Cramm me venía rondando por la cabeza. Ciertamente y dadas las abigarradas preferencias eróticas del aristocrático deportista, hubiera quedado más propio redactarla ayer, pero uno no está demasiado pendiente del calendario homofestivo y se le pasó la fecha. En cualquier caso, su vida fue lo suficientemente azarosa y movida como para justificar este relato al margen del iridisado festejo de ayer.

Gottfried Alexander Maximilian Walter Kurt von Cramm, nacido en 1909, además de un montón de nombres y un apellido sonoro como el restallar de una fusta, poseía una extraordinaria habilidad con la raqueta y una elegancia sobre la cancha que, a decir de los que le vieron jugar, rara vez se ha vuelto a dar. Tales cualidades le llevaron a ser seleccionado para el equipo internacional alemán, con el que ganó la Copa Davis cuatro años consecutivos, triunfo que redondeó en 1934 con los torneos de Hamburgo y París, los más importantes que en aquellos años se jugaban sobre arcilla. El público lo adoraba. Alto, rubio, guapo, educado y elegante, era el sueño imposible de todas las muchachitas del Reich. Imposible mayormente, no sólo porque Gottfried estaba casado sino porque estaba secretamente liado con el -repito, el- joven cantante judío Manasse Herbst.

Las autoridades nazis, que ignoraban lo del judío, decidieron que von Cramm era el mejor ejemplo de superhombre germano en almacén, así que trataron de emplearlo para sus fines publicitarios. Gottfried Alexander quien, como la mayoría de la vieja aristocracia -supongo que también como la mayoría de los amantes homosexuales de actores judíos- despreciaba a los nuevos mandamases, los mandó a freir espárragos. Los espárragos, lamentablemente, no eran muy apreciados por la policía del Reich, que, en venganza, se puso a escarbar en su vida hasta dar con un judío en ropa interior. Mala cosa en aquellos pagos. Mala de verdad.


Llevado a juicio, Godofredo fue condenado a un año de prisión. Se libró de algo peor porque su inmesa popularidad animó al tribunal a apreciar una atenuante rocambolesca: enajenación mental derivada de las infidelidades de su mujer con un deportista francés. Para mí que lo del adúltero gabacho fue lo que conmovió al tribunal. El encornador llega a ser de Leipzig y el tenista acaba gaseado.

Cumplida su pena, en mayo de 1939 el noble pelotero decidió reemprender su carrera deportiva. Ganó el torneo londinense de Queen's y, cuando se disponía a participar en Wimbledon, la organización le retiró la invitación por considerar que "no era adecuado permitir la entrada de presidiarios en el club". Quiso Godofredo desquitarse ganando el Abierto de los Estados Unidos, pero el gobierno americano le negó el visado, por no desear la entrada en el país de "delincuentes sexuales". Probó seguidamente suerte en Roma, pero el gobierno alemán le ordenó regresar de inmediato a Berlín. La causa del regreso era de antología: el gobierno temía que en un torneo repleto de superhombres arios -la guerra acababa de empezar- acabara ganando un desafecto fornicador de hebreos.

A esas alturas, von Cramm era ya muy consciente de la conveniencia de quitarse de enmedio antes de que lo vistieran a rayas y lo perfumaran con Zyclon-B, de modo que se presentó en la oficina de reclutamiento más cercana y se alistó, como soldado raso, en la División Acorazada Hermann Goering, que partía hacia el frente a la mayor brevedad.

Finalizada la guerra, el barón -heredó el título cuando su hermano la espichó- tomó de nuevo la raqueta, ganó un par de campeonatos nacionales, hizo fortuna importando algodón, se casó con la mujer más rica del mundo y se mató en un accidente de tráfico en El Cairo, en 1976.

Una vida completita la del barón.

jueves, junio 28, 2007

¡Chivato, acusica!

Los delatores tienen una larga tradición. Los mitos griegos, que vienen a ser la prehistoria de toda conseja, tenían su emblemático soplón. El protochivato se llamaba Ascálafo y cuidaba los jardines del infierno. Por hacer méritos ante el patrón, delató que la primaveral Perséfone, de la que Hades, Rey de los Muertos, se había enamorado, había probado los frutos del Infierno: siete semillas de granada que la obligarían a permanecer otros tantos meses del año en el sombrío reino de los muertos.

A Deméter, poderosa deidad y madre de la moza, no le hizo gracia ninguna emparentar con el sieso de Hades y encerró a Ascálafo en una cueva. Cuando, muchos años después, Heracles lo liberó, Ascálafo se había transformado en un chismoso búho de orejas cortas. Los antiguos griegos eran así de raros. Hoy en día encierras a uno en idénticas condiciones y sólo se te convierte en xilófono de huesos.

En las noticias de ayer no había ni búhos, ni cuevas ni granadas, pero sí una buena historia de delaciones. Ya sabrán ustedes que seis soldados patrios fueron cobardemente asesinados hace unos días en el Líbano por el ruín método del explosivo con mando a distancia y que, desde entonces, se discute si el equipamiento de nuestra milicia es el adecuado para cumplir las misiones o una invitación a que salga cierta la afirmación aquella de don Bernardo López García: "desde la cumbre bravía / que el sol indio tornasola, / hasta el África que inmola / sus hijos en torpe guerra / no hay un puñado de tierra / sin una tumba española".

El ministro del ramo, Sr. Alonso, quien, lógicamente ,defiende la primera postura aprovechó una comparecencia pública para admitir que nuestros blindados no llevan inhibidor de ondas, pero que eso no es imprudencia culpable porque los italianos tampoco llevan. A los transalpinos no les ha hecho demasiada gracia el comentario así que, por si acaso hubiera algún moro-bomba con la oreja a punto, un responsable del ejército itálico ha declarado que los españoles mienten con saña y que ellos tienen unos inhibidores de diseño, de cojón de mico y mira tú que cosa más linda; que tú te paseas al lado de un tanque italiano y se te inhiben las ondas, el eros, el thánatos y hasta las ganas de hacerle un favor horizontal a la Monica Bellucci.

Uno, que se conoce a los italianos y sabe que son como nosotros pero en allegro giocosso, sospecha que su inhibidor será una caja de panetonne llena de grillos con algunos cables de colores sueltos y una bombilla roja intermitente, que es algo que viste mucho. Pero una cosa es que te vaya la artesanía defensiva y otra que el vecino te pinte una diana en el culo para salvar el suyo.

En fin, menos mal que Deméter lleva siglos de baja, que si no, en su próxima comparecencia el señor Alonso no iba a poder decir mucho más que "¡uhú, uhú!" antes de salir volando por la ventana.

miércoles, junio 27, 2007

Moreno-camionero


Mi vida monástico-opositora está empezando a afectar a mi aspecto externo. No lo digo por la escalada de dioptrías, pues, total, las córneas ya las dí por perdidas cuando aprendí a juntar letras a los cuatro añitos y descubrí que la vida me atraía más en letras de imprenta. El elemento fundamental que me diferencia del común de los mortales es mi mortal palidez, ineludible marca de los adoradores del flexo. Tan malsano y vampírico aspecto sólo se atempera por mis ocasionales partidos de tenis y sus consecuentes pinceladas de moreno-camionero .

- Pues es la primera vez que veo un moreno-camionero con cuello de pico.

Bueno, rectifico. Tan malsano y vampírico aspecto sólo se atempera por mis ocasionales partidos de tenis y sus consecuentes pinceladas de moreno-wimbledonero.

Definitivo, en el dichoso club de tenis deberían hacer algo por modernizar el uniforme. Aunque teniendo en cuenta que las piscinas llevan cincuenta años segregadas por sexos, dudo mucho que los cuellos redondos estén entre las prioridades más inmediatas de la dirección.

martes, junio 26, 2007

De peces, condecoraciones, impuestos y barbas


En los tiempos en que el zar Pedro I trataba de modernizar Rusia y construirse una capital elegantona a orillas del río Neva, el monarca decidió que las frondosas barbas de sus cortesanos daban una imagen muy poco moderna de su Imperio y que sería muy conveniente suprimirlas. Para estimular el afeitado de sus súbditos, don Pedro gravó la pilosidad facial con un impuesto anual de cien rublos. Ahí tienen un ejemplo de lo que los psicólogos llaman "refuerzo negativo". Refuerzo positivo, por el contrario, hubiera sido conceder una medalla a los boyardos mejor rasurados.

En España, según se ve, somos más partidarios del segundo método. Sin ir más lejos, el BOE del viernes pasado vino cargadito de condecoraciones, entre ellas, una medalla al Mérito Naval concedida a don Gregorio Peces-Barba, político socialista, redactor de la Constitución, Alto Comisionado para el Apoyo a las Víctimas del Terrorismo y rector de la universidad Carlos III de Madrid. Algunas publicaciones, notorias por su escaso aprecio al gobierno actual, pusieron el grito en el cielo y afirmaron que don Gregorio, madrileño de nacimiento, jamás tuvo más relación con el mar o la marina que tomar el sol en la playa y zamparse ocasionalmente unas cuantas gambas al ajillo.

De piedra me he quedado. ¿Es posible ser más obtuso? ¿Resulta concebible mayor mala fe? ¿Acaso no es evidente la relación de don Gregorio con el océano? ¿Es que aún no han descubierto su vínculo con los mares? Pues está clarísimo: los peces, señores, los peces.

Ahora ya sólo queda facturarle cien rublos por la barba.

lunes, junio 25, 2007

Simulacro

Academia. Día D, hora de la merienda.

"- Entonces este es tu último simulacro antes del examen, ¿no?

- Si siguen convocando a este ritmo sí.

- Vale, entonces un ejercicio variadito. Empecemos los civiles con un tema difícil y largo, el 52, "Los censos en derecho común y en Cataluña". Luego uno que no sea tan largo pero que tenga miga, veamos... el 58, el del incumplimiento, la mora, el dolo y la culpa y para terminar, venga, uno difícil, el 100, el de la tutela. De Mercantil el 55, que es bastante complicado, lioso y largo. Tienes 5 minutos para hacer el esquema. ¿Alguna pregunta?

- Sí, una. ¿Qué tiene de variadito este examen?

- Esto... te quedan cuatro minutos paar el esquema."

Sabía yo que me tenía que haber alistado en los marines, la disciplina es muchísimo más llevadera.

domingo, junio 24, 2007

El desconcertante misterio del griego menguante

A veinte metros de mi casa hay un restaurante griego que, desde el día que abrió destacó por tres cosas: su excelente pulpo al carbón, el tamaño desproporcionado de sus raciones y los abracadabrantes bailes griegos que amenizan las cenas de los viernes.

Pasado el tiempo y ya afianzada una clientela estable, el local decidió comenzar una acelerada política de reducción de costes: el pulpo ha ido perdiendo tentáculos a ritmo de carga, si el plato original incluía cuatro apéndices y una variante intermedia reducía a dos la ración, en la actualidad, un miserable y solitario muñón naufraga temeroso en océanos de escarola; el yogurt griego, que antaño rebosaba la copa coronado de nueces y miel hoy apenas envuelve las dos pequeñas nueces que subsisten del viejo festín; el pan ácimo cabe ya en la palma de la mano y el ouzo se rebaja con licor de melocotón.

Sin embargo, en esta disolución imparable del universo tangible, dos baluartes resisten la disminución: la mousaka, cuyos recios bloques permitirían por igual alimentar a un regimiento de húsares que reconstruir el Partenón y los dos bailarines griegos, que cada año que pasa están más gordos.

Debe de ser que bailar el sirtaki de "Zorba el Griego" -única pieza del folclore helénico, como bien saben los clientes de cualquier restaurante griego del mundo- engorda lo suyo a pesar del vigoroso movimiento que exige. También es posible que sean ellos los que se zampan las siete patas restantes del increíble cefalópodo menguante que, viendo lo que les aprieta la faja, puede que sea lo más cercano a la verdad.

viernes, junio 22, 2007

Comunicación entre especies


Volvía yo a mi casa después de un paseo nocturno -es conveniente airear un poco los temas en orden a su mejor asentamiento- cuando fui a topar con un gato que, con andares pausados, se dirigía a mi encuentro. El félido paseante nocturno no era un minino negro portador de mala suerte ni un cruel león devorador de hombres sino, en consonancia con el refranero, la ciudad y el horario, un pardo rayado y discreto micifú callejero.

Sin embargo, todo lo que el bicho no tenía de insólito, lo tenía de educado. Viendo que mi trayectoria interceptaba la suya, el ambulante zapirón se sentó sobre sus cuartos traseros, puso su mejor cara de haber ido a colegio de pago en el más selecto tejado y me cedió la iniciativa.

Sospechando que la intención del animal era remarcar su derecho de preferencia -el cuadrúpedo circulaba con la pared a su derecha- decidí apartarme del muro y despejar su trayectoria. Nada más hacerlo, el gato se incorporó y con paso solemne me rebasó por el hueco habilitado. Admirado por tan civilizadísimo comportamiento, giré la cabeza para contemplar su marcha.

El animal, advertido de mi gesto, giró a su vez la suya y con educadísimo acentó sentenció:

- ¡Miau!

Llámenme loco, sospechen que las oposiciones me están secando el cerebelo, que el té me lo mandan de Marruecos o que planto cáñamo entre los geranios, pero, por un momento, palabrita del Niño Jesús, llegué a pensar que el gato iba decir gracias.