El otro día, en el metro, mi rizada compañía habitual requirió mi atención:
domingo, febrero 25, 2007
Clasificaciones
viernes, febrero 23, 2007
Príncipes belicosos
Enrique, el hijo menor del príncipe Carlos de Inglaterra, ha demostrado tener más sentido de la responsabilidad del esperado. La desconfianza hacia su persona no era inmotivada, sino que se basaba en sus malos antecedentes, incluida la afición por los disfraces inapropiados y el consumo de derivados del cannabis.
No obstante, parece que el aristócrata se ha enmendado. Resulta que, después de completar su periodo de formación militar - las cabezas coronadas de Europa manifiestan con fervor esta curiosa querencia al uniforme- ,le correspondía a su promoción pasarlas perras en el desierto iraquí. Bueno, sólo a sus compañeros de promoción, porque al principillo lo iban a mandar a hacer trabajo de oficina. La justificación de semejante acto de nepotismo era un pelín peregrina:
- Mandar al príncipe al frente pondría en riesgo la vida de sus compañeros, pues eso atraería la atención de los terroristas y concentraría sus acciones sobre nuestros hombres.
Magnífica recreación del pensamiento terrorista medio. Ya me imagino a los asesinos de turno planeando sus acciones:
- ¡Ahmed! ¡Mira que coche-bomba más majo acabo de terminar! ¿Se lo ponemos a los ingleses?
- Ni de coña, Alí, que son todos plebeyos. Mejor lo ponemos en la plaza del mercado, que me he enterado que el frutero es cuñado de un sobrino de un descendiente en línea colateral del califa Harún al-Raschid.
No me digan que no suena creíble.
De todos modos, no procede discutir la pertinencia de la disculpa, pues el joven Harry, en un gesto que lo honra, ha dicho que él se va con sus compañeros, que el cargo conlleva sus responsabilidades y que, si hay que sudar en el desierto, él suda con los demás. Tan terco se ha puesto el muchacho que le van a hacer caso.
Supongo que, de todos modos, sus jefes ya tendrán cuidado de alejarlo de los tiros, aunque sólo sea porque el oficial al mando del pelotón en el que hipotéticamente falleciere el nieto de la Reina iba a limpiar con un cepillo de dientes las letrinas de campaña del ejército de Su Majestad hasta el final de su más que hipotética carrera militar; pero que se anden con ojo, que los antecedentes del ejército inglés en materia de preservación de príncipes belicosos es realmente mala.
Retrocedamos a 1879. En Londres reinaba la reina Victoria I, pero no era ella la única cabeza coronada con residencia en la ciudad del Támesis. Exiliados allí vivían otros dos monarcas: la depuesta emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo y su hijo, el príncipe imperial Napoleón Eugenio, emperador Napoleón IV para sus seguidores.
Aquel mismo año, en la otra punta del globo, los zulúes se pusieron farrucos. Los británicos mandaron un cuerpo expedicionario para poner en su sitio a aquellos belicosos africanos y con ellos marchó Napoleón Eugenio, joven, imprudente y sediento de gloria. Las órdenes de sus superiores eran muy claras: que el príncipe no sufra riesgo alguno, que como le pase algo, en Europa se monta un Cristo de narices. Órdenes muy juiciosas, no lo niego, pero se las dieron a las personas equivocadas. Los que de verdad hubieran podido hacer algo por preservar la vida del francés eran él mismo (que no tenía intención de escatimar su arrojo) y los propios zulúes (a los que nadie contó nada).
El resultado fue que, a los pocos meses de pisar África, Napoleón hubo de regresar a Europa, embalsamado y con una azagaya zulú atravesándole el pecho.
- Oiga, ¿pero no iba usted a dejar de hablar de muertos?
¡Uy! Disculpen, se me ha escapado. Para compensar, les contaré una historia bonita, astronómica y tierna que es secuela de la anterior. En 1998, unos astrónomos descubrieron un pequeño asteroide que orbitaba alrededor de otro más grande, cuyo código identificador era 1941BN. Los descubridores, dado el pequeño tamaño del satélite, se acordaron del principito de Saint-Exupéry y lo bautizaron como Petit-Prince.
Casualidad o no, el nombre más común del asteroide 1941 BN, alrededor del cual orbita dicho principito es 45-Eugenia, nombre que luce en honor de la Emperatriz Eugenia, la madre del infortunado petit prince Napoléon Eugène.
jueves, febrero 22, 2007
El Fin del delfín
Cuando yo estaba aún en el Colegio, en el manual de Literatura Española (no me pregunten de qué curso, que mi memoria no da para tanto) se incluían algunos ejemplos de poesía popular de los siglos XV y XVI. Mi favorito, de largo, era el "Planto por Guillén Peraza", pero entre los versos seleccionados había unos que parecen escritos a propósito para la entrada de hoy. Decían, si mal no recuerdo:
Aquellos versillos siempre me parecieron un poco ñoños, pero, por lo que se ve, eran bastante exactos, al menos por lo que atañe a la sensibilidad de los simpáticos odontocetos. Sí alguna duda cabía sobre el talento amatorio-suicida- melodramático de los congéneres de Flipper, Mary G., una hembra de delfín italiana se ha resuelto a despejarlas. Apenado el animalico por la muerte de su cuidadora, ha decidido que vivir ya no le compensa y ha dejado de alimentarse. Sus nuevos cuidadores pretenden salvarlo, pero, al parecer, no se le puede alimentar mediante sonda gástrica, cual si fuera un cruel asesino etarra, porque, mucho más serio en cuanto al rigor del ayuno, el delfín vomita los alimentos.
miércoles, febrero 21, 2007
Bertolt und Hanns
Hoy tenía pensado escribir un post sobre apenados delfines agonizantes, pero dado que algunos de ustedes sospechan que tramo arrojarme de cabeza por las escaleras del Reina Sofía, mejor lo dejo para mañana. Vamos pues, a intentar escribir una artículo sin suicidios.
El otro día, León me devolvió un cachito de infancia al dedicarle una entrada de su bitácora al himno de la República Democrática de Alemania; de la Alemania Comunista, que diría mi abuelo. No es que yo pasara mis veranos infantiles haciendo pintadas en el muro de Berlín o chafardeando para la Stasi. Lo que ocurre es que, cada vez que retransmitían por televisión campeonatos de atletismo, natación o cualesquiera otros deportes en los que hormonar a una rubicunda valquiria otorgara ventaja significativa allí iba yo con la esperanza, rara vez defraudada, de contemplar un triunfo germano-oriental. No es que yo tuviera extrañas fijaciones sexuales, las valquirias rubicundas las prefiero sin clembuterol. Mis fijaciones eran de orden musical. Lo que yo esperaba es que, en la entrega de las medallas sonara su himno nacional. Se conoce que mi incipiento oído melomaniático estaba ya bastante bien afinado: dicha composición no es obra de ningún patrioterillo juntanotas alemán sino de uno de los más interesantes músicos del siglo pasado: Hanns Eisler.
El tal Hanns era un tipo de talento. Nació en Leipzig en 1898, en una acomodada familia judía. Tras servir con gran valentía en la Primera Guerra Mundial, el joven Hanns decidió dedicar el resto de su vida a la música. Fue uno de los primeros discípulos de Arnold Schöenberg y pronto destacó entre los compositores de la escuela dodecafónica. A partir de los años 20, un progresivo acercamiento al Partido Comunista le impulsó a regresar a la tonalidad y , de este modo componer una música que fuera más accesible al proletariado. Cuando los nazis llegaron al poder, su triple condición de judío, comunista y compositor de música degenerada le creó notable incomodidad. Visto lo mal que pintaban las cosas en el viejo continente, el músico hizo las maletas y se traladó a los Estados Unidos. Allí conoció a otro ilustre exiliado alemán: el dramaturgo Bertolt Brecht.
Desde entonces sus vidas estuvieron muy ligadas. No sólo simpatizaron intensamente, sino que colaboraron con asiduidad. Bertolt escribía textos para las canciones de Hanns y Hanns música incidental para los estrenos de Bertolt. Para redondear sus ingresos, el señor Eisler, al igual que hicieron otros ilustres exiliados como Erich Korngold, puso música a varias producciones cinematográficas. Como dato curioso añadiré que estuvo dos veces nominado al óscar, aunque nunca lo ganó.
Sin embargo, acabada la Segunda Guerra Mundial, lo de "compositor judío comunista" volvió a sonar fatal, así que las autoridades norteamericanas lo deportaron a Berlín Oriental tan pronto como pudieron. La acogida fue buena: se reencontró con Bertolt, que no era judío ni compositor, pero comunista lo era con ganas, el gobierno le concedió un puesto de profesor en el conservatorio berlinés y se le dedicaron varios homenajes. Agradecido, compuso el himno de la nueva nación: el hermoso, utópico y solemne "Auferstanden aus Ruinen".
Pero las cosas empezaron a torcerse. Ni Bertolt ni Hanns encajaban bien en su nuevo hogar. El primero era un bohemio convencido, un artista desmañado e hipercrítico de desaseado aspecto - en una ocasión la seguridad le negó el acceso a una fiesta que se daba en su honor al confundirlo con un mendigo-. Además, el feroz escritor no paraba de crearle molestias al régimen con su verbo punzante. Un "oportuno" (y puede que no del todo fortuito) ataque al corazón eliminó semejante molestia en 1956.
Eisler acusó el golpe. Privado de su mejor amigo se refugió en su trabajo. Quiso entonces recuperar parte de sus experimentaciones musicales juveniles y emplearlas en una ópera de proporciones grandiosas basada en el Fausto de Goethe. Sin embargo, los censores estatales calificaron su obra de "burguesa y degenerada" y lo llevaron a juicio como sospechoso de involucionismo y actividades contrarrevolucionarias.
Desencantado, Hanns Eisler se sumió en la más profunda de las depresiones y fue incapaz de terminar la ópera proyectada. Falleció el 6 de Septiembre de 1962.
El hermoso y utópico himno que compuso celebró, sin embargo, los éxitos del régimen que lo traicionó durante 28 años más.
martes, febrero 20, 2007
Suicidio
En la magistral película de Woody Allen "Delitos y Faltas", el desvalido y semifracasado director de cine Clifford Stern, interpretado por el propio Allen, dedica sus mejores esfuerzos a rodar un documental sobre la vida y el pensamiento del doctor Levy, un filósofo judío que, tras sobrevivir a atroces experiencias vitales, desarrolla un sistema de pensamiento de un optimismo inquebrantable y radical. Cuando el cineasta está al borde de culminar la que piensa que va a ser la obra que corone su carrera, el filósofo se arroja por la ventana de su apartamento. Anonadado por la noticia, Clifford Stern tan sólo acierta a comentar:
"Ha dejado una nota. Sólo ha dejado una que dice "He salido por la ventana". ¡Un intelectual destacado y deja una nota que dice "He salido por la ventana"! Era un modelo de conducta, por lo menos podría dejar una nota decente." (1)
Ayer, mi padre me trajo un recorte de periódico que me dejó en un estado de farfullante inquietud semejante al que experiemntaba el personaje de aquella película. Contaba el artículo que Matthew Courtney, un joven y prometedor abogado de 27 años empleado en uno de los más prestigiosos bufetes de Londres, había salido del séptimo piso de la Tate Modern "por el hueco de la escalera". La policía investiga aún con objeto de dilucidar si el fallecido cometió suicidio o si, por el contrario, era el tipo más torpe del Reino Unido. Dado que, según su familia, estaba acumulando jornadas laborales de 15 horas y que, en fechas recientes se había quejado a sus superiores de su excesiva carga de trabajo, los indicios apuntan con firmeza a la primera opción.
Bueno, suicidios hay muchos, me dirán y ese le pilla un poco lejos para tomárselo tan a pecho. Lo admito, pero hay algunas circunstancias que me lo acercan: también yo tengo 27 años, también yo trabajé en un prestigioso e importante despacho de abogados - el mismo, por cierto- y bueno, también yo lo dejé de un modo un tanto brusco. Cierto que de la gran oposoción al gran salto hay un trecho considerable, pero en el fondo son decisiones que se parecen: se podría decir que ambas son modos de decir "¡basta!" sin que te puedan llamar cobarde. De todos modos, quiero pensar que aprenderse el Código Civil de memoria es una opción preferible al trampolín sin piscina.
En fin, antes de que se me dispare la vena elegíaca y les fastidie la tarde con mis endechas, dejemos que el doctor Levy (o el doctor Allen, si lo prefieren) cierre esta entrada:
"Todos nos enfrentamos a lo largo de nuestras vidas con dolorosas decisiones, con opciones morales. Algunas de ellas lo son a gran escala, otras versan de asuntos menores. Pero nos definimos por las elecciones que hacemos. Somos, de hecho, la suma de nuestras elecciones." (2)
(1) "He left a note. He left a simple little note that said "I've gone out the window." This is a major intellectual and he leaves a note that says "I've gone out the window." He's a role-model. You'd think he'd leave a decent note. "
(2) "We're all faced throughout our lives with agonizing decisions, moral choices. Some are on a grand scale, most of these choices are on lesser points. But we define ourselves by the choices we have made. We are, in fact, the sum total of our choices."
lunes, febrero 19, 2007
Zanzíbar
En el siglo XIX, Zanzíbar, una pequeña isla del oriente africano, era un sultanato. Vamos, que allí mandaba un menda con turbante. El caso es que, en 1896, uno de estos enturbantados mandamases, Hamad ben Thuwaini falleció. Mientras Hamad recogía su ración de paradisiacas huríes, un tal Halid le birló el trono a Hamud, hijo de Hamad. Resumo para que no se líen:
- Hamad era el muerto;
- Hamud su hijo; y
- Halid el vivo que le guindó el reino.
Todo este lío moruno le pareció fatal a los ingleses, que por alguna extraña razón eran partidarios del señor Hamud. Así que plantaron unos cuantos barcos en el puerto de Zanzíbar y conminaron al tal Halid a largarse con viento fresco y velocidad límite. Halid debía ser un optimista incurable, porque se planteó la posibilidad de resistir. Claro que, cuando 45 minutos más tarde, los británicos le dejaron el palacio hecho unos zorros a base de cañonazos, recontó sus escasísimas tropas, se mudó al consulado alemán y se rindió sin condiciones.
La guerra de Zanzíbar ha pasado a la historia como la más corta de la que se tenga noticia, pero, desde luego, no se encuentra en la lista de las más emocionantes. A fin de cuentas, una guerra entre el Imperio Británico y el Sultanato de Zanzíbar es el equivalente político-militar a un partido de fútbol entre Brasil y la Antártida.
Pues bien, con el Estatuto de Andalucía, aprobado ayer en referendum,ha pasado tres cuartos de lo mismo. Me explico, si los tres principales partidos políticos del lugar piden el "SÍ" no es raro que ése sea el resultado final. Lo que no entiendo tan bien es que se todos los políticos del lugar se quejen tanto de la bajísima participación. Si tanto interés tenían en que votara más gente que le hubieran dado más emoción, que alguno se hubiera opuesto aunque sólo fuera de boquilla.
Si dejan el resultado tan claro ya desde el principio, que no protesten. Al cambio es como si el sultán Halid se quejara del poco esfuerzo que hicieron los ingleses en desalojarle. ¡Qué falta de respeto! ¡Mira que mandar sólo un par de barcos y no endosarle la Royal Navy al completo!
No es que hiciera ninguna falta, pero más bonito sí que hubiera quedado.
domingo, febrero 18, 2007
Ahorro y Sensualidad
Ayer, Ricitos de Oro tenía la tarde juguetona:
- Mira, mira. Me he comprado un sujetador de Calvin Klein...
Considerando que, en un lugar público, lo más que se podía ver de dicha prenda era cómo un tirante asomaba por el hombro y que la sensualidad de dicho acto es más que cuestionable, decidí responder con neutralidad:
- Ajam.
Visto el poco éxito de su comentario, la señorita, que conoce mis puntos débiles, decidió contratacar:
- ¡Y es de rebajas!
¿Hay algo mejor que una rubita a la moda? Pues sí, lo hay: una rubita a la moda con talento para el ahorro.
