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miércoles, enero 14, 2009

David

Ayer me pasé la tarde en la Academia desenredando la complicada urdimbre de un caso práctico, actividad que forma parte de la rutina opositora. Más curioso resulta que el preparador encargado de la confección y resolución del mismo se pasara la tarde entera llamándome David.




Vamos a ver: mi nombre es hebreo, tiene claras connotaciones bíblicas, dos sílabas y una consonante al final, pero confundirme con el joven pastor belenita no deja de ser un capricho. Con mi tamaño y el poco trato que, de un tiempo a esta parte, tiene mi faz con la cuchilla, hubiera tenido mucho más sentido confundirme con Goliat.

miércoles, diciembre 19, 2007

Buenos chicos

Publicaban ayer los periódicos las andanzas homicidas de un paisano de Badajoz, apodado "el Bueno" por sus vecinos. Sería muy bueno el tipo, pero si no llega a ser por la buena puntería de la Guardia Civil, el benéfico labriego hubiera despoblado la comarca de cánidos y humanos.

Claro, que no es cuestión de sorprenderse demasiado: apodos desafortunados ha habido muchos en la Historia. Para su general ilustración y previsible regocijo les contaré la vida de Juan de Valois, Rey de Francia.



El tal Juan no ocupó el trono francés en el mejor momento. Corrían los peores tiempos de la Guerra de los Cien Años, la autoridad real estaba en entredicho, el tesoro en las últimas y el país infestado de bandidos, ingleses y demás gentes de mal vivir. Visto que Francia tenía mal arreglo a corto plazo, Juan decidió ocuparse de su propio bienestar: devaluó la moneda, sacó unas perras con la operación y se dedicó a darse la vida padre con sus amigotes. La juerga podía haber continuado indefinidamente si, tras una desastrosa derrota en las cercanías de Poitiers los ingleses no lo hubieran tomado prisionero y embarcado para Londres.

Fijado su rescate en tres millones de coronas, una pasta gansa en oro de ley, el Rey Juan ordenó a sus compatriotas que rebuscaran el dinero por donde fuera mientras él permanecía noblemente en poder de sus pérfidos captores. Noblemente significa como el noble que era: cazando, banqueteando, bebiendo y fornicando a cargo del erario inglés. Mientras tanto, en Francia, los funcionarios del Tesoro exprimían hasta las piedras tratando de rebañar el descomunal rescate.

Aunque sólo se habían realizado pagos parciales, los ingleses accedieron a un canje de rehenes: Juan volvió a París para recaudar el resto y su hijo Luis se quedó con los británicos comiendo pastel de riñones. El arreglo funcionó durante un rato, pero pronto Juan comprobó que su reino estaba arruinado y que no le quedaba dinero ni para pagar el rescate ni, lo que era más grave, para irse de copas. Ese día, Juan de Valois puso su mejor cara de digno caballero y cruzó la frontera. Con la excusa de su insolvencia se entregó de nuevo a los ingleses y retomó su divertida vida de cautivo juerguista hasta el final de sus días.

Pues sepan ustedes que semejante pájaro ha pasado a la Historia como "el Bueno". Juan II, el Bueno, con un par.

Lo bueno sería el perderle de vista.

Digo yo.
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