Probablemente piensen ustedes que don Eduardo Zaplana es un tipo listo que, tras dar por finiquitada su carrera política, ha sabido buscarse una cómoda y fructífera ocupación; que un cargo directivo en Telefónica y un sueldazo de aúpa bastan para endulzar una despedida tan fría, desabrida y amarga como la que le dieron ayer. Pues sí, supongo que sí, pero sepan ustedes que en el imperio chino de Qui, las jubilaciones se organizaban mejor.
El emperador Quin Shi Huang había tenido un largo y exitoso reinado. No obstante, el tiempo no perdona a los emperadores ilustres y la muerte andaba rondando las puertas del provecto mandamás. A pesar de todo, el emperador albergaba una última esperanza de burlar a la Parca. Su docto e inteligente médico personal, el astuto Xu Fu, llevaba años presumiendo de saber cómo obtener el elixir de la inmortalidad. Pues bien, era el momento de demostrarlo.
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Xu Fu no tenía ni repajolera idea de cómo sintetizar el mejunje, pero lo último que pasaba por su cabeza era admitirlo sin más, ya que los emperadores de la China nunca han destacado por su benignidad con los embaucadores. El doctor Fu, ladino como era, optó por subir las apuestas y marcarse un precioso órdago oriental.
Cierto. Él sabía cómo conseguir el elixir. El brebaje se almacenaba en la isla de Penglai, hipotético promontorio sagrado en medio del océano. Alrededor del islote nadaba un pavoroso monstruo marino y en la isla habitaban inmortales semidivinos cuya aquiescencia había de ser comprada con costosas ofrendas y generosos sacrificios.
En resumen, si el empreador le proporcionaba una flota bien pertrechada, avezados arqueros que finiquitaran al monstruo, pasta para sobornar a los inmortales y un nutrido contingente de vírgenes de ambos sexos, que es algo que siempre viene bien, Xu Fu se comprometía a darse un garbeo hasta Penglai, mercar un par de botellas de tónico inmortalizador y volverse de inmediato.
El emperador, de perdidos al Río Amarillo, accedió. Los barcos se aparejaron con esmero, riquezas y ofrendas llenaron las bodegas, vírgenes y arqueros embarcaron, zarpó la flota... y nunca se les volvió a ver.
No se les volvió a ver en China, quiero decir. En Japón, por lo que se cuenta, no les pudo ir mejor.
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