Cuenta una leyenda urbana que todos los tenderos chinos de Madrid son primos lejanos y vienen del mismo pueblo. Es muy difícil saber si esto es verdad: los comerciantes orientales son de natural circunspecto y, cuando no están cobrando aberrantes santos de alambre o polvorientas botellas de ron, prefieren ojear telenovelas chinas a comentar sus orígenes familiares.
Más sencillo resulta comprobar que la abrumadora mayoría de los taxis capitalinos son de una sola marca e igual modelo. Yo he tardado en darme cuenta, pues una ahorrativa tradición familiar proscribe el uso del taxi salvo en casos de parto urgente o infarto de miocardio, incidencia esta última que no suele pagar el afectado. No obstante, basta con apostarse en una esquina cualquiera: al quinto Skoda Octavia que pasa con los colores del Rayo Vallecano, te convences de la escasa originalidad del gremio del taxi a la hora de adquirir vehículos.

Así pues, cuando mi hermano me contó que se iba a comprar "el coche de los taxistas" por presumirlo resistente y fiable, yo sabía bien a qué atenerme. Con todo, la primera vez que vi su adquisición, un detalle me dejó perplejo:
- ¡Caramba, Starbuck, qué color más curioso tiene tu coche!
- ¿Verdad? Dicen que es gris, pero a mí me parece azul.
- Ya, si azular azulea un poco, pero no es eso.
- ¿Entonces qué pasa?
- Que no sabía que lo fabricasen sin la diagonal colorada.
Taxis habré cogido muy pocos, pero me temo que eso va a cambiar. Con mi hermano sólo puedo contar, en adelante, para que me acerque a pedir empleo en una freiduría de puñetas.
