La honestidad de Jesús Sepúlveda, alcalde cesante de Pozuelo, está en entredicho. Entre otras cuantas cosas, se le acusa de aceptar de Francisco Correa, logrero engominado y corrupto mayor del reino, un valioso coche sin estrenar. El que fuera alcalde niega los hechos y aduce que no hubo donación sino permuta, que Correa le cambió un Jaguar nuevecito por un BMW viejo, que sus razones tendría y que quién es él para cuestionarlas. Para completar el rompecabezas, la diputada popular Ana Mato, por entonces casada con el regidor permutante asegura no saber nada del dichoso coche nuevo.
No es el coche del alcalde, pero queda bonito.
La gente, que es muy mala y gusta de malmeter, asegura que el alcalde es un chorizo muy bien curado pero con poca imaginación para las excusas. Antes de condenar al pobre tipo es necesario, sin embargo, considerar un factor que nadie ha tenido en cuenta: los desproporcionados badenes que pueblan la zona.
Las localidades del norte madrileño -Pozuelo, Las Rozas, Majadahonda...- abundan en niños y pastores alemanes, colectivos proclives a cruzar la calle en estampida y sin mirar si viene coches. Para proteger su seguridad y evitar atropellos, los ayuntamientos de la zona han encaramado los pasos de cebra a unos badenes de la envergadura del Himalaya.

Típico badén de Pozuelo
Queda de este modo a salvo la integridad física de los viandantes, los cuales, si no se despeñan, pueden cruzar la calle con total seguridad. Los conductores lo tienen más cómplicado. Si coinciden con una expedición de alpinistas que esté tratando de coronar el badén pueden pedirle ayuda a los sherpas, que son muy sufridos y no cobran mucho. En otro caso, lo tiene bastante negro.
Ahora que contamos con todos los datos es fácil reconstruir la historia. El infame corrupto Francisco Correa, cegado por la ambición y las ganas de presumir se compró un lujoso coche de línea deportiva y aspecto fardón. El vistoso automóvil resultaba, sin embargo, incompatible con los elefantiásicos badenes. El astuto facineroso puso entonces los ojos en el viejo BMW del señor Sepúlveda y se aprestó a hacerle el lío:
- ¡Qué coche más bonito! Qué elegancia, qué clásica sobriedad, qué amortiguadores, que carrocería tan alta... Te lo cambio por mi deportivo, que está sin estrenar.
El muy primo del alcalde, creyendo por error que adquiría un chollo, aceptó el trato.
Vecino majariego cruzando la calle para ir al Opencor
Así se explica que doña Ana desconociera la existencia del coche nuevo. El Jaguar, flanqueado del Everest, el K-2, el Makalu y el Annapurna, fue incapaz de salir de Pozuelo y jamás apareció en el domicilio conyugal. Tres días más tarde, el alcalde permutó el vehículo por dos mulas enjaezadas, un mapa del Karakorum y cuatro termos de café cargado.
La historia sucedió así y el que lo dude es un rojo y un masón.