
Cuando el emperador Vespasiano llegó al poder, se encontró con las arcas del fisco criando telarañas. Decidido a solventar el problema de liquidez, Vespasiano inició una agresiva política fiscal con tributos nuevos e imaginativos. A los curtidores que recogían orina de la Cloaca Máxima para emplearla como ácido en su trabajo les cobró un impuesto en función de la cantidad recogida.
martes, marzo 10, 2009
Non olet
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domingo, octubre 26, 2008
De moros y cristianos
La Cruz de Alcoraz es una figura heráldica asociada a la casa real de Aragón. Se compone de una cruz de San Jorge cantonada de cuatro cabezas de moro y toma su nombre de la batalla homónima, librada en 1096 entre los aragoneses del rey Pedro I, que estaba sitiando la ciudad de Huesca, y las tropas de Al-Mustaín II, monarca musulmán de Zaragoza. Los cristianos vencieron de modo rotundo y pronto circuló la especie de que el mismísimo San Jorge, santo batallador y de buena familia, se había unido a la escaramuza. De ahí que, en el cuartel tercero del escudo aragonés, la roja cruz del santo se sirva aderezada con las cabezas renegridas de cuatro moros.
Dentro de Aragón, el emblema, por evidente relación de proximidad a la batalla, se asocia en particular a la ciudad de Huesca. No resulta extraño, por lo tanto, que el equipo de fútbol del lugar optara por una cruz de San Jorge para engalanar su segunda equipación.

¡En mala hora se les ocurrió la idea! El Seminario Permanente sobre Migraciones Internacionales y Extranjería, (INTERMIGRA/semiex) ha comunicado su intención de denunciar la vestimenta como contraria a la normativa antiviolencia de la FIFA. ¿Por las testas agarenas? No puede ser, pues la zamarra las omite. El problema según parece, radica en la cruz, que revive memorias de las cruzadas y puede ofender a la islámica grey.
Menos mal que la asociación querellante se denomina "Seminario". Si se llamase "Madrasa" arrasaban la ciudad de Huesca para salvar el honor de Alá.
lunes, noviembre 26, 2007
De los Pirineos al Peloponeso (parte III)
Ánimo muchachos, que esto se acaba hoy. Con ustedes, el capítulo final:
Si vas a Constantinopla no te fíes ni de tu sombra
Dice un proverbio de mi tierra: "Dios te ponga donde haiga". No sé que dirían en la de don Roger, pero debía de ser algo muy parecido. Cuando el hombre vio la opulencia de Bizancio, los ojos se le pusieron como huevos de avestruz y se decidió a prosperar por allí. El emperador Andrónico se dio cuenta de qué tipo de móviles estimulaban al muchachote y actuó en consecuencia: lo casó con su sobrina, le prometió extensos feudos, apalabró una copiosa soldada para sus hombres y los mandó a todos al Asia Menor a brearse con los turcos. La campaña fue un sonado éxito militar y los turcos cobraron de lo lindo.
El problema fue que los almogávares no. Ligeramente molestos con el retraso en el cobro, ocuparon la ciudad de Gallipoli y robaron sus riquezas para resarcirse por las bravas.
Era el turno para que el emperador se molestara. Andrónico empleó un viejo recurso de la diplomacia oriental: invitó a un banquete a Roger y sus comandantes y los asesinó a los postres. La idea era que los almogávares, sin líderes que los mandaran, se desmoralizaran, se dispersaran y fueran presa fácil del ejército imperial. Pues verán, más bien fue que no. Los almogávares supervivientes, que no llegaban a 1500 se pusieron al mando de un tal Berenguer de Entença y destrozaron de tal modo al ejército bizantino que el emperador, para salvar la vida, hubo de encerrarse tras las murallas de Constantinopla.
Dejados a su aire, los mercenarios cesantes se dedicaron a saquear los alrededores con lo mejor de su considerable habilidad destructiva. Para que se hagan idea de cómo sería la cosa les cuento que quedan pueblos en los Balcanes donde, cuando llegan las fiestas, en lugar de gigantes y cabezudos pasean un guerrero de tres metros que come niños y se llama el Katalan.
Cuando se hartaron de saquear, matar y violar, que no fue pronto, los aguerridos muchachotes se buscaron un empleo honesto y respetable: Gualterio de Brienne, duque de Atenas, los contrató para que arrimaran estopa a sus vecinos. Los aragoneses lo hicieron a conciencia. Después, no se lo van a creer, el duque se negó a pagar. A los pocos meses, Gualterio murió de una indigestión de mandoble amb mongetes y los almogávares se quedaron su ducado. El de al lado, como quien no quiere la cosa, lo afanaron también.

Por lo menos el escudo les quedó bien
No obstante, como a pesar de todo, los almogávares eran unos chicos educados y unos cumplidos patriotas, pusieron sus nuevos feudos bajo soberanía de la Corona de Aragón. El rey aragonés, encantado de que sus antiguos empleados hubieran encontrado domicilio fijo y, sobre todo, de que este estuviera tan lejos, aceptó el regalo y se olvidó de ellos para siempre jamás.
En consecuencia, durante casi ochenta años, Atenas fue un trocito de Aragón. Pero claro, ni el paisanaje habló jamás catalán, ni preparó cargols a la llauma ni brindó con Freixenet. La gente del lugar, como siempre, siguió hablando en griego, bebiendo retsina y comiendo yogur, que es lo que, en el fondo, les quería contar.
Los aplausos, mis pequeñines, a la cuenta de tres.
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viernes, noviembre 23, 2007
De los Pirineos al Peloponeso (parte II)
Los catalanes nacen donde les da la gana aunque se apelliden von Blum
Cuando los Hohenstaufen abandonaron su Alemania natal para ocupar el trono de Sicilia, numerosos compatriotas, nobles y plebeyos, los acompañaron en la expedición. Entre aquellos figuraban los von Blum, pequeños señores arruinados que, faltos de posibles, se dedicaban a hacerle la rosca al soberano en espera de prebendas. Tras mucho pelotear, Richard von Blum consiguió para sí y sus descendientes el puesto hereditario de halconero real. Asegurado el pan para su primogénito, don Ricardo se planteó qué hacer con Rutger, su hijo menor. Suponiendo con razón que el Rey no iba a aflojar más pasta, tomó al pequeño Rutger y se lo entregó a los caballeros templarios para que lo convirtieran en un piadoso monje y un avezado militar.
Niño, agarra bien la lanza, que te suspendo.
Los templarios cumplieron el encargo a medias. Tras unos años de entrenamiento, el chavalote, con un arma en la mano era capaz de cualquier cosa. Ahora, como monje no tenía demasiado futuro. A los 24 años ya le habían expulsado de la orden por ladrón, insubordinado, mentiroso y hereje. Por eso de que Dios abre una ventana cuando cierra una puerta, el exfraile se trasladó a Génova, estafó una cantidad considerable de dinero, se compró una galera y comenzó a labrarse un cómodo futuro de pirata y ladrón.
Después de alcanzar una cierta maestría en el robo a pequeña escala, Rutger reflexionó y se dio cuenta de que el latrocinio verdaderamente rentable era el robo a escala industrial; que uno asalta una galera y se soluciona el mes, pero quien asalta una ciudad y se lleva sus riquezas se puede asegurar la vida. En consecuencia, Herr Rutger puso su galera al servicio de Federico de Aragón y se dedicó al pillaje a escala mayor.
Acabada la guerra en Sicilia su pasado volvió para perseguirle. Alguien en Roma se acordó de que von Blum era un hereje, alguien en Génova recordó la de pasta que debía, alguien en el Temple se acordó de todo lo demás y don Rutger decidió juiciosamente quitarse de enmedio. Se presentó ante Federico, le expuso la situación y le ofreció un trato. Si le ponía al frente de los almogávares él los embarcaba a todos, los ponía al servicio del Emperador Romano de Oriente y se dedicaba a matar turcos a cinco mil quilómetros de distancia. Si los belicosos montañeses la liaban allí ya no era problema del Rey. Este aceptó encantado.
Sellado el pacto, el germano trocó su nombre por el de Roger de Flor, más adecuado al oído de sus nuevos subordinados y menos conocido de sus acreedores, constituyó la "Compañía de los Francos en Romania", echó mano de los almogávares y se embarcaron todos para Constantinopla. Llegados allí, Roger se presentó ante el emperador Romano de Oriente, Andrónico II Paleólogo y le ofreció sus servicios como experto militar, conductor de almogávares y debelador de fortalezas.

Emperador Andrónico, supongo.
El pirata alemán estaba a punto de convertirse en el héroe por antonomasia de los nacionalistas catalanes. Pero esa parte de su historia la contaré en la siguiente entrega: "Si vas a Constantinopla no te fíes ni de tu sombra".
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De los Pirineos al Peloponeso (parte I)
La primera de ellas la sirvo a continuación.
Almogávares, angevinos y otras gentes de mal vivir.
A finales del siglo XIII, Carlos de Anjou, hermano pequeño del Rey de Francia, reinaba en Sicilia. Carlos había obtenido el trono palermitano cuando, con el apoyo del Papa, venció, capturó y ejecutó a Manfredo Hohenstaufen, anterior monarca del lugar. Los sicilianos no se lo tomaron demasiado bien. Manfredo sería un alemanote pendenciero, pero era su alemanote pendenciero. Además, los secuaces del monarca angevino (1) no sólo pasaban olímpicamente de aprender el idioma y respetar las costumbres del lugar, sino que dedicaban lo mejor de su tiempo y esfuerzo a saquear granjas, violentar mozas y cobrar impuestos excesivos.

Carlos de Anjou con cara de estreñido.
Hartos de aguantar al francés, los sicilianos se rebelaron y pasaron a cuchillo a todo aquel que no supiera pronunciar con siciliana corrección la palabra "ciciri"(2). Aquel fue un día malísimo para franceses, gangosos y tartamudos. Para Pedro III de Aragón, yerno del difunto Manfredo, fue un día excelente ya que los rebeldes le ofrecieron el trono. Don Pedro aceptó, el Papa lo excomulgó y se formó la Dios es Cristo.
Durante los siguientes 20 años, aragoneses y angevinos se estuvieron arreando mamporros a lo largo y ancho de Sicilia con resultado dispar. Visto que la cosa no se resolvía por las buenas y como no era cuestión de desaprovechar los recursos disponibles, los monarcas aragoneses decidieron reclutar para la causa a los más asilvestrados de sus súbditos: los almogávares. En la vida civil, los almogávares eran pastores y cazadores de montaña. En la militar, en cambio, eran unos animales de bellota con acento montuno. Gente ruda, a medio cristianizar, a un cuarto de civilizar y sin el más mínimo atisbo de compasión, los almogávares, una vez armados, probaron su carácter letal. En lugar de dejarse masacrar por la caballería, como hacía la infantería bien educada, los aguerridos aragoneses se lanzaban a la carrera gritando "¡Aragó, Aragó, Aragó!" (3), desjarretaban a los caballos, degollaban a los jinetes y les robaban hasta la ropa interior.
Aragoneses de crucero por el Mediterráneo
La creencia más extendida tiene a los almogávares por uniformemente catalanes. Es error que se deriva de que su crónica la escribiera en catalán un tal Ramón Muntaner, natural de Perelada y miembro de tan belicosa compañía. Si bien es cierto que los primeros contingentes de almogávares salieron de los obispados de Lérida y Urgell los criterios de reclutamiento nunca fueron demasiado estrictos: si eras lo suficientemente bruto y desprejuiciado podías alistarte con ellos aunque hubieras nacido en el Tumbuctú. En consecuencia, pasados unos añitos había almogávares catalanes, aragoneses, valencianos, mallorquines, navarros, franceses, sicilianos e incluso algún que otro alemán.
Finalmente, la guerra se decidió del bando aragonés. Solucionada la pelea con los angevinos, el problema para Federico de Aragón, nuevo Rey de Sicilia, era qué hacer con los almogávares. Sin ningún enemigo al que degollar, los belicosos montañeses no paraban de asaltar prostíbulos, emborracharse, robar y causar problemas. Afortunadamente para el Rey apareció en escena uno de los mayores sinvergüenzas de la época, un tal Rutger von Blum, y le ofreció la solución.
Del amigo Rutger y de su propuesta hablaremos en el segundo capítulo de esta serie: "Los catalanes nacen donde les da la gana aunque se apelliden von Blum."
-ooOoo-
(1) Angevino viene a significar natural de Anjou, pero suena mucho mejor.
(2) Garbanzos.
(3) O "¡Aragón, Aragón, Aragón!" Eso ya dependía del idioma de cada cual y de las ganas que tuviera de berrear.
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