A partir de hoy, los electos en Cataluña pedirán billetes grandes.
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Tienes una capa de pluma de kakapo y aún te quejas del frío. (Proverbio maorí)
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El nuevo decreto de alojamientos turísticos de Cataluña ha dispuesto que todos los hoteles de cuatro o más estrellas deberán ofrecer desayunos con productos tradicionales de Cataluña so riesgo de perder su categoría.
Por mí, perfecto, pero espero que se limiten a servir rebanadas de pan con tomate. Un desayuno a base de botifarra amb mongetes puede sentar peor que un chupito de metano.
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Cataluña es una tierra feraz para el cultivo de melocotones, habas, cebollas e ideas de bombero. En una original demostración del último aserto, Don Joan Boada, secretario general de la Consejería de Interior, Relaciones Institucionales y Participación de la Generalidad de Cataluña, ha propuesto que los ancianos de aquella región paseen por la calle con chalecos reflectantes. La reflectante bobada del señor Boada tiene como finalidad reducir el número de atropellos en Cataluña.
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Esto de las policías autonómicas es un gran invento, pues permite acercar al ciudadano la labor policial. Los Mossos d'Esquadra, sin ir más lejos ya están a cincuenta centímetros de los fotógrafos de prensa.
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La final de la Copa del Rey -de España- la jugarán el Athletic Club de Bilbao y el Fútbol Club Barcelona. Como es consuetudinario, los más montaraces seguidores de cada bando aprovecharán el evento para proclamar que ni se consideran parte de España ni sienten afecto alguno por su rey.
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Rectifico. El anuncio de ayer no era zafio.
Zafia es la cucamonada que abiertamente publicita en su página un concejal de la localidad tarraconense de Torredembarra:
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Yo quiero apadrinar un político nacionalista. Aunque sólo sea para castigarlo sin postre y de cara a la pared.
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En Arabia Saudita han censurado el escudo del Barça. Échenle un ojo al emblema a ver si adivinan el porqué.
No, fallaron: los jeques no son del Madrid. Si visten de blanco es porque los colores claros son más fresquitos y, en el desierto, el sol aprieta que es un gusto. El problema de las autoridades wahabíes con el escudo culé reside en que incluye la roja Cruz de San Jorge, clavadita a la que los cruzados portaban en mantos y escudo. Es lo que tiene vivir en una tiranía medieval, que el siglo XI lo tienes muy presente. Ante el riesgo de identificación de culés y cruzados, cosa muy insana en aquellas latitudes, los árabes eliminan el travesero de la cruz y la convierten en una especie de fuet rampante.
Esto que acaban de hacer los capitostes agarenos, además de una majadería, es una chapuza del tamaño de un camello adulto. Si se ponen a remozar escudos, que hagan un trabajo decente. Que se líen el turbante a la cabeza, que para eso está, y le den al público lo que quiere:
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Ánimo muchachos, que esto se acaba hoy. Con ustedes, el capítulo final:
Si vas a Constantinopla no te fíes ni de tu sombra
Dice un proverbio de mi tierra: "Dios te ponga donde haiga". No sé que dirían en la de don Roger, pero debía de ser algo muy parecido. Cuando el hombre vio la opulencia de Bizancio, los ojos se le pusieron como huevos de avestruz y se decidió a prosperar por allí. El emperador Andrónico se dio cuenta de qué tipo de móviles estimulaban al muchachote y actuó en consecuencia: lo casó con su sobrina, le prometió extensos feudos, apalabró una copiosa soldada para sus hombres y los mandó a todos al Asia Menor a brearse con los turcos. La campaña fue un sonado éxito militar y los turcos cobraron de lo lindo.
El problema fue que los almogávares no. Ligeramente molestos con el retraso en el cobro, ocuparon la ciudad de Gallipoli y robaron sus riquezas para resarcirse por las bravas.
Era el turno para que el emperador se molestara. Andrónico empleó un viejo recurso de la diplomacia oriental: invitó a un banquete a Roger y sus comandantes y los asesinó a los postres. La idea era que los almogávares, sin líderes que los mandaran, se desmoralizaran, se dispersaran y fueran presa fácil del ejército imperial. Pues verán, más bien fue que no. Los almogávares supervivientes, que no llegaban a 1500 se pusieron al mando de un tal Berenguer de Entença y destrozaron de tal modo al ejército bizantino que el emperador, para salvar la vida, hubo de encerrarse tras las murallas de Constantinopla.
Dejados a su aire, los mercenarios cesantes se dedicaron a saquear los alrededores con lo mejor de su considerable habilidad destructiva. Para que se hagan idea de cómo sería la cosa les cuento que quedan pueblos en los Balcanes donde, cuando llegan las fiestas, en lugar de gigantes y cabezudos pasean un guerrero de tres metros que come niños y se llama el Katalan.
Cuando se hartaron de saquear, matar y violar, que no fue pronto, los aguerridos muchachotes se buscaron un empleo honesto y respetable: Gualterio de Brienne, duque de Atenas, los contrató para que arrimaran estopa a sus vecinos. Los aragoneses lo hicieron a conciencia. Después, no se lo van a creer, el duque se negó a pagar. A los pocos meses, Gualterio murió de una indigestión de mandoble amb mongetes y los almogávares se quedaron su ducado. El de al lado, como quien no quiere la cosa, lo afanaron también.

Por lo menos el escudo les quedó bien
No obstante, como a pesar de todo, los almogávares eran unos chicos educados y unos cumplidos patriotas, pusieron sus nuevos feudos bajo soberanía de la Corona de Aragón. El rey aragonés, encantado de que sus antiguos empleados hubieran encontrado domicilio fijo y, sobre todo, de que este estuviera tan lejos, aceptó el regalo y se olvidó de ellos para siempre jamás.
En consecuencia, durante casi ochenta años, Atenas fue un trocito de Aragón. Pero claro, ni el paisanaje habló jamás catalán, ni preparó cargols a la llauma ni brindó con Freixenet. La gente del lugar, como siempre, siguió hablando en griego, bebiendo retsina y comiendo yogur, que es lo que, en el fondo, les quería contar.
Los aplausos, mis pequeñines, a la cuenta de tres.
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Cuando los Hohenstaufen abandonaron su Alemania natal para ocupar el trono de Sicilia, numerosos compatriotas, nobles y plebeyos, los acompañaron en la expedición. Entre aquellos figuraban los von Blum, pequeños señores arruinados que, faltos de posibles, se dedicaban a hacerle la rosca al soberano en espera de prebendas. Tras mucho pelotear, Richard von Blum consiguió para sí y sus descendientes el puesto hereditario de halconero real. Asegurado el pan para su primogénito, don Ricardo se planteó qué hacer con Rutger, su hijo menor. Suponiendo con razón que el Rey no iba a aflojar más pasta, tomó al pequeño Rutger y se lo entregó a los caballeros templarios para que lo convirtieran en un piadoso monje y un avezado militar.
Niño, agarra bien la lanza, que te suspendo.

Emperador Andrónico, supongo.
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Carlos de Anjou con cara de estreñido.
Hartos de aguantar al francés, los sicilianos se rebelaron y pasaron a cuchillo a todo aquel que no supiera pronunciar con siciliana corrección la palabra "ciciri"(2). Aquel fue un día malísimo para franceses, gangosos y tartamudos. Para Pedro III de Aragón, yerno del difunto Manfredo, fue un día excelente ya que los rebeldes le ofrecieron el trono. Don Pedro aceptó, el Papa lo excomulgó y se formó la Dios es Cristo.
Durante los siguientes 20 años, aragoneses y angevinos se estuvieron arreando mamporros a lo largo y ancho de Sicilia con resultado dispar. Visto que la cosa no se resolvía por las buenas y como no era cuestión de desaprovechar los recursos disponibles, los monarcas aragoneses decidieron reclutar para la causa a los más asilvestrados de sus súbditos: los almogávares. En la vida civil, los almogávares eran pastores y cazadores de montaña. En la militar, en cambio, eran unos animales de bellota con acento montuno. Gente ruda, a medio cristianizar, a un cuarto de civilizar y sin el más mínimo atisbo de compasión, los almogávares, una vez armados, probaron su carácter letal. En lugar de dejarse masacrar por la caballería, como hacía la infantería bien educada, los aguerridos aragoneses se lanzaban a la carrera gritando "¡Aragó, Aragó, Aragó!" (3), desjarretaban a los caballos, degollaban a los jinetes y les robaban hasta la ropa interior.
Aragoneses de crucero por el Mediterráneo
La creencia más extendida tiene a los almogávares por uniformemente catalanes. Es error que se deriva de que su crónica la escribiera en catalán un tal Ramón Muntaner, natural de Perelada y miembro de tan belicosa compañía. Si bien es cierto que los primeros contingentes de almogávares salieron de los obispados de Lérida y Urgell los criterios de reclutamiento nunca fueron demasiado estrictos: si eras lo suficientemente bruto y desprejuiciado podías alistarte con ellos aunque hubieras nacido en el Tumbuctú. En consecuencia, pasados unos añitos había almogávares catalanes, aragoneses, valencianos, mallorquines, navarros, franceses, sicilianos e incluso algún que otro alemán.
Finalmente, la guerra se decidió del bando aragonés. Solucionada la pelea con los angevinos, el problema para Federico de Aragón, nuevo Rey de Sicilia, era qué hacer con los almogávares. Sin ningún enemigo al que degollar, los belicosos montañeses no paraban de asaltar prostíbulos, emborracharse, robar y causar problemas. Afortunadamente para el Rey apareció en escena uno de los mayores sinvergüenzas de la época, un tal Rutger von Blum, y le ofreció la solución.
Del amigo Rutger y de su propuesta hablaremos en el segundo capítulo de esta serie: "Los catalanes nacen donde les da la gana aunque se apelliden von Blum."
-ooOoo-
(1) Angevino viene a significar natural de Anjou, pero suena mucho mejor.
(2) Garbanzos.
(3) O "¡Aragón, Aragón, Aragón!" Eso ya dependía del idioma de cada cual y de las ganas que tuviera de berrear.
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