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viernes, diciembre 07, 2007

Las grullas de Íbico

"[...]"Sieh da! Sieh da, Timotheus,
Die Kraniche des Ibykus!" -
Und finster plötzlich wird der Himmel,
Und über dem Theater hin
Sieht man in schwärzlichtem Gewimmel
Ein Kranichheer vorüberziehn."
.
Die Kraniche des Ibikus
Friedrich Schiller



A Íbico, poeta lírico griego, lo mataron unos ladrones camino de Corinto. Era Íbico muy devoto de los dioses y viendo, mientras agonizaba, que unas grullas lo sobrevolaban clamó: "¡Aves consagradas a Apolo, vengad mi muerte!"

Los asesinos, que eran naturales de Corinto, recogieron sus ilícitas ganancias y acudieron al teatro a distraer la tarde con espéctaculo, versos y vino. Recitábanse, precisamente, poemas del asesinado cuando una estruendosa bandada de grullas sobrevoló el teatro. Uno de los matarifes, que debía de ser tan lenguaraz como supersticioso, se creyó maldito de los dioses y, con el rostro demudado, comenzó a gritar:

"- ¡Los vengadores de Íbico! ¡Los vengadores de Íbico!"

Por sus palabras, los corintios supieron no sólo la muerte del poeta sino que pudieron, además, identificar a los asesinos, los cuales fueron inmediatamente apresados, juzgados y condenados.

La expresión "las grullas de Íbico" perduró en el lenguaje culto como sinónimo de la hipotética justicia divina que aguarda siempre al malhechor. Por el mismo precio hubiera podido servir para designar la cobardía en su grado extremo, porque si el asesino hubiera mantenido el ánimo indemne y la boca cerrada nadie en todo Corinto hubiera sospechado de él.

Nuestro Presidente del Gobierno no ha matado nunca a nadie ni se espera que lo haga. En materia de asesinos lo más que se le puede reprochar es la culpable ingenuidad de pensar que los más encallecidos matarifes de la península se dejarían convencer por su pausado verbo de lama de Valladolid. Los criminales, experimentados en timar a nuestros sucesivos gobiernos, aprovecharon el rato para reorganizar su matadero. Insisto. Como mucho, ingenuidad culpable. Un crimen, desde luego, no.

No obstante, ahora que los asesinos han reabierto el negocio, resulta previsible que haya gente que no se aguante las ganas de silbar al paso del gobernante. Puesto que de haber acertado en su apuesta hubiera sido el primero en presentarse a recibir aplausos, es de recibo que no se esconda de los silbidos. Claro, que nuestro presidente, un hombre valiente, lo que se dice valiente, tampoco parece ser. Sin ir más lejos, hoy ha restringido el acceso a un funeral para ahorrarse el concierto de pitos con que le pudieran agasajar.

Menos mal que el hombre nos salió político y no criminal.

Llega a meterse a bandolero y prohíbe las grullas.
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domingo, diciembre 02, 2007

Zenón de Elea

Parménides de Elea negaba la realidad del movimiento. Sé que suena raro, pero los filósofos presocráticos eran así.

Un griego clásico normal, de menú del día y sin aspiraciones intelectuales veía a un paisano corriendo detrás de un apuesto muchacho y pensaba:

- Anda, si Filippos el Epirota se ha enamorado del hijo del alfarero y pretende declararle su amor detrás de esos arbustos.

Parménides, en cambio, veía la escena y cogitaba:

- Mis ojos me engañan, pues he creído ver que la vana apariencia de Filippos el Epirota corría en pos de la inexistente forma del hijo del alfarero. Tanto esto como los jadeos que se oyen detrás de los arbustos son hechos intrascendentes, pues a un cerebro bien amueblado no se le escapa que el ser es, que el no-ser no es y que todo lo demás son ganas de complicarse la vida.

Con semejante manera de pensar lo extraño es que Parménides empleara parte de su tiempo, o de su no-tiempo, o de su vana apariencia de tiempo o de lo que fuera, en ligarse a un apuesto paisano adolescente llamado Zenón, llevárselo a los arbustos e instruirlo en sus doctrinas.

Parménides debía ser bastante bueno aleccionando mozuelos pues, llegado su discípulo a la edad adulta, elaboró este complicadas paradojas que mostraran a los incrédulos la inexistencia del movimiento y la aguda intelección de su maestro. La más célebreentre ellas es la paradoja de Aquiles y la tortuga:

"Aquiles, el de los pies ligeros, desafía en carrera pedestre a una tortuga. Ya que corre mucho más rápido que ella, le da una gran ventaja inicial. Al darse la salida, Aquiles recorre en poco tiempo la distancia que los separaba inicialmente, pero, al llegar allí, descubre que la tortuga ya no está, sino que ha avanzado, un pequeño trecho. El aqueo sigue corriendo, pero a la nueva posición de la tortuga, el tenaz bicharraco ha avanzado un poquito más. De este modo, Aquiles no ganará la carrera, ya que la tortuga estará siempre por delante de él."

La conclusión es más falsa que un euro de madera, pero la fábula tiene mucho encanto y ha sido origen de profundas meditaciones. La última la de nuestro Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, quien acaba de declarar:

"Con cada no condena de un atentado estamos más cerca de la ilegalización de ANV".




Veinte o treinta asesinatos más y la tortuga es nuestra.

A partir de ahora, Rubalcaba de Elea.

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lunes, noviembre 26, 2007

De los Pirineos al Peloponeso (parte III)

Ánimo muchachos, que esto se acaba hoy. Con ustedes, el capítulo final:


Si vas a Constantinopla no te fíes ni de tu sombra


Dice un proverbio de mi tierra: "Dios te ponga donde haiga". No sé que dirían en la de don Roger, pero debía de ser algo muy parecido. Cuando el hombre vio la opulencia de Bizancio, los ojos se le pusieron como huevos de avestruz y se decidió a prosperar por allí. El emperador Andrónico se dio cuenta de qué tipo de móviles estimulaban al muchachote y actuó en consecuencia: lo casó con su sobrina, le prometió extensos feudos, apalabró una copiosa soldada para sus hombres y los mandó a todos al Asia Menor a brearse con los turcos. La campaña fue un sonado éxito militar y los turcos cobraron de lo lindo.

El problema fue que los almogávares no. Ligeramente molestos con el retraso en el cobro, ocuparon la ciudad de Gallipoli y robaron sus riquezas para resarcirse por las bravas.

Era el turno para que el emperador se molestara. Andrónico empleó un viejo recurso de la diplomacia oriental: invitó a un banquete a Roger y sus comandantes y los asesinó a los postres. La idea era que los almogávares, sin líderes que los mandaran, se desmoralizaran, se dispersaran y fueran presa fácil del ejército imperial. Pues verán, más bien fue que no. Los almogávares supervivientes, que no llegaban a 1500 se pusieron al mando de un tal Berenguer de Entença y destrozaron de tal modo al ejército bizantino que el emperador, para salvar la vida, hubo de encerrarse tras las murallas de Constantinopla.

Dejados a su aire, los mercenarios cesantes se dedicaron a saquear los alrededores con lo mejor de su considerable habilidad destructiva. Para que se hagan idea de cómo sería la cosa les cuento que quedan pueblos en los Balcanes donde, cuando llegan las fiestas, en lugar de gigantes y cabezudos pasean un guerrero de tres metros que come niños y se llama el Katalan.

Cuando se hartaron de saquear, matar y violar, que no fue pronto, los aguerridos muchachotes se buscaron un empleo honesto y respetable: Gualterio de Brienne, duque de Atenas, los contrató para que arrimaran estopa a sus vecinos. Los aragoneses lo hicieron a conciencia. Después, no se lo van a creer, el duque se negó a pagar. A los pocos meses, Gualterio murió de una indigestión de mandoble amb mongetes y los almogávares se quedaron su ducado. El de al lado, como quien no quiere la cosa, lo afanaron también.


Por lo menos el escudo les quedó bien


No obstante, como a pesar de todo, los almogávares eran unos chicos educados y unos cumplidos patriotas, pusieron sus nuevos feudos bajo soberanía de la Corona de Aragón. El rey aragonés, encantado de que sus antiguos empleados hubieran encontrado domicilio fijo y, sobre todo, de que este estuviera tan lejos, aceptó el regalo y se olvidó de ellos para siempre jamás.

En consecuencia, durante casi ochenta años, Atenas fue un trocito de Aragón. Pero claro, ni el paisanaje habló jamás catalán, ni preparó cargols a la llauma ni brindó con Freixenet. La gente del lugar, como siempre, siguió hablando en griego, bebiendo retsina y comiendo yogur, que es lo que, en el fondo, les quería contar.

Los aplausos, mis pequeñines, a la cuenta de tres.