Die Kraniche des Ibykus!" -
Und finster plötzlich wird der Himmel,
Und über dem Theater hin
Sieht man in schwärzlichtem Gewimmel
Ein Kranichheer vorüberziehn."
A Íbico, poeta lírico griego, lo mataron unos ladrones camino de Corinto. Era Íbico muy devoto de los dioses y viendo, mientras agonizaba, que unas grullas lo sobrevolaban clamó: "¡Aves consagradas a Apolo, vengad mi muerte!"
Los asesinos, que eran naturales de Corinto, recogieron sus ilícitas ganancias y acudieron al teatro a distraer la tarde con espéctaculo, versos y vino. Recitábanse, precisamente, poemas del asesinado cuando una estruendosa bandada de grullas sobrevoló el teatro. Uno de los matarifes, que debía de ser tan lenguaraz como supersticioso, se creyó maldito de los dioses y, con el rostro demudado, comenzó a gritar:
"- ¡Los vengadores de Íbico! ¡Los vengadores de Íbico!"
Por sus palabras, los corintios supieron no sólo la muerte del poeta sino que pudieron, además, identificar a los asesinos, los cuales fueron inmediatamente apresados, juzgados y condenados.
La expresión "las grullas de Íbico" perduró en el lenguaje culto como sinónimo de la hipotética justicia divina que aguarda siempre al malhechor. Por el mismo precio hubiera podido servir para designar la cobardía en su grado extremo, porque si el asesino hubiera mantenido el ánimo indemne y la boca cerrada nadie en todo Corinto hubiera sospechado de él.
Nuestro Presidente del Gobierno no ha matado nunca a nadie ni se espera que lo haga. En materia de asesinos lo más que se le puede reprochar es la culpable ingenuidad de pensar que los más encallecidos matarifes de la península se dejarían convencer por su pausado verbo de lama de Valladolid. Los criminales, experimentados en timar a nuestros sucesivos gobiernos, aprovecharon el rato para reorganizar su matadero. Insisto. Como mucho, ingenuidad culpable. Un crimen, desde luego, no.
No obstante, ahora que los asesinos han reabierto el negocio, resulta previsible que haya gente que no se aguante las ganas de silbar al paso del gobernante. Puesto que de haber acertado en su apuesta hubiera sido el primero en presentarse a recibir aplausos, es de recibo que no se esconda de los silbidos. Claro, que nuestro presidente, un hombre valiente, lo que se dice valiente, tampoco parece ser. Sin ir más lejos, hoy ha restringido el acceso a un funeral para ahorrarse el concierto de pitos con que le pudieran agasajar.
Menos mal que el hombre nos salió político y no criminal.
Llega a meterse a bandolero y prohíbe las grullas.
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