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viernes, septiembre 11, 2009

¿También tú, madre mía?


Una de las obsesiones del emperador Octavio Augusto era inculcar un poco de moral y decencia en la dura y rijosa mollera de sus compatriotas romanos, para lo cual recurrió a la promulgación de durísimas leyes. En aquella ciudad de togas arremangadas y efebos a cuatro patas la medida tenía tantos visos de prosperar como un Pacto Antritransfuguismo en el mágico reino español de los concejales de urbanismo. En definitiva, lo único que saco Octavio de todo aquello fue tener que desterrar a una isla desierta al zorrón que tenía por hija.


Ya lo advirtió Karl Marx a cuenta de Napoleón y su sobrino: la Historia se repite dos veces; la primera como tragedia y la segunda como farsa. Metro arriba o abajo, la diferencia que separa la colina del Capitolio de la playa de Benidorm.

jueves, mayo 15, 2008

Veinticinco Ases

Ayer, con tanto elucubrar sobre la legislación que sanciona las bofetadas, me acordé de una sabrosa anécdota latina. La cuenta Aulo Gelio en sus Noctes Atticae y, si bien no incluye discriminación sexual alguna, sí que es rica en bofetones y sus penas.

Una antiquísima ley romana recogida en las Doce Tablas establecía que aquel que golpease a un hombre libre sin causarle lesión quedaría obligado a pagarle veinticinco ases en compensación de su ofensa. La norma parecía muy lógica, sensata y atinada, pero tenía un defecto. Veinticinco ases podían ser una pasta para un pescadero de la Subura, pero, para un nabab malintencionado, la norma inauguraba una barra libre de mojicones.

Un tal Lucio Veratio, acaudalado patricio, tenía por costumbre pasearse por Roma abofeteando a cuanto ciudadano se cruzaba en su camino. Un esclavo que le seguía entregaba de inmediato al ofendido las veinticinco monedas de la multa. Para evitar que alguien le devolviera las monedas y el pescozón, un par de fornidos matones cerraban la comitiva.

Reflexiona el autor:

- "Quis enim erit tam inops, quem ab iniuriae faciendae libidine viginti quinque asses deterreant?";

que, en libre traducción, significa:

-"¿Quién se negaría a tal precio el gustazo de cometer la injuria?"

Lucio Veratio, desde luego no. Aulo Gelio, por el tono de chufla con que lo cuenta, es muy posible que tampoco.
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jueves, febrero 07, 2008

Delenda est Carthago


Marco Porcio Catón, político romano tan austero en sus costumbres como terco en sus opiniones, terminaba cada alocución pública con las mismas palabras. Tanto le daba que su discurso versara de agricultura, como de obras públicas, moralidad o impuestos. Llegado el momento de rematarlo, Catón añadía:

- Ceterum censeo Carthaginem esse delendam.

En carpetovetónico moderno:

- Además, opino que Cartago debe ser destruida.

Un tostón de hombre, pero un rato eficaz. Se lo digo yo que he estado en Cartago y allí donde quedan tres piedras juntas en pie hay un guía nativo explicando las grandezas del pasado local.

La eficacia del método me preocupa. No tengo ninguna ciudad africana que preservar, pero las últimas tres frases que me ha dirigido mi madre son:

- Buenos días y córtate el pelo;

- Alcánzame la lejía y córtate el pelo; y

- ¡Qué tarde te quitas de estudiar y córtate el pelo!

Lo dicho. Tendré que acostumbrarme al estilo Yul Brynner.
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jueves, noviembre 29, 2007

Se vende

En el año 111 antes de Cristo, un ejército romano comandado por el cónsul Lucio Calpurnio Bestia -no es culpa mía que el hombre se llamara así- derrotó al insurrecto Rey Yugurta de Numidia forzándole a negociar su rendición.

Las partes se sentaron a deliberar, discutieron un ratito y, en breve, alcazaron un acuerdo. Ahí debiera haber acabado la historia, pero no. Tan sospechosamente benévolo fue el amigo Bestia con el monarca derrotado, que el Senado receló la existencia de un soborno monumental. En consecuencia, tanto el romano como el númida fueron llamados a Roma para responder del fraude ante el Senado.

Yugurta, que era un hombre muy ducho en los manejos de la política romana, aplicó el más eficaz remedio contra una acusación de soborno: sobornar a los juzgadores. Tras un sonado proceso, Lucio Bestia fue condenado por aceptar dinero de Yugurta y éste absuelto de habérselo pagado. El veredicto le costó una pasta, pero el africano pudo coger la primera galera que salía para Numidia sin más preocupaciones que tramar una subida de impuestos que le resarciera del gasto.

Conforme abandonaba la ciudad, el desvergonzado reyezuelo se despidió con una frase para la posteridad: "Roma, urbem venalem et mature perituram, si emptorem invenerit". En cristiano, la mordacidad significa: "Oh, Roma, ciudad en venta y madura para la perdición... si encontrases quien te comprara."

Afortunadamente, la política ha progresado mucho desde los tiempos de Yugurta. No es que ya no se pueda comprar legisladores, pero al menos, ahora, la prensa publica los precios.

Que un avance sí que es.
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