El británico Richard Dawkins, biólogo brillante e incansable predicador del ateísmo ha anunciado la creación de un campamento veraniego ateo y darwinista para inculcar en los adolescentes el escepticismo religioso y la confianza en el saber de la Ciencia y el poder de la razón.

Todo muy bonito, pero bajo ninguna circunstancia llevaba a un hijo mío a pasar el verano allí.
La prédica del ateísmo no me importa gran cosa. Lo peor que puede pasar es que el mozo regrese citando a Darwin y leyendo a Feuerbach, cosa que, siendo hijo mío, es probable que hiciera de todos modos y, si me apuran, le haría más bien que mal.
Lo preocupante es el componente darwiniano. A un campamento normal tú mandas a tu retoño y, más flaco o más gordo, sano o contusionado, te lo devuelven. En un campamento darwinista corres el riesgo de esperar a tu hijo y recibir en cambio a un mozallón desconocido, robusto y mejor adaptado al medio, que se ha merendado a tu guaje para ocupar su lugar en el ecosistema.
Con lo que cuesta criar a un cachorro de humano comprenderán que no me seduzca el plan.


