La vejez, decía la vieja madre Celestina "no es sino mesón de enfermedades, posada de pensamientos, amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, mancilla de lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo por venir, vecina de la muerte, choza sin rama, que se llueve por cada parte y cayado de mimbre, que con poca carga se doblega".
Si en lugar de una tercera enredadora, eres un pingüinito de El Cabo, la senectud es incluso peor.
Pierre, un encantador pajarito de etiqueta, ha cumplido veinticinco años de edad. Para un ave de su especie no son cinco lustros marca de juventud sino achaque de extrema ancianidad. En su caso, además, la senectud se acompaña de alopecia galopante en la pechuga. No es sólo cuestión de vestido. Privado de su elegante librea, Pierre, astroso, desgarbado y rosa, no es reconocido por sus cofrades pingüinos que lo picotean sin piedad.
Menos mal que sus cuidadores son gente de pesquis y saben que, aunque el hábito no haga al monje, sí que adecenta al pingüino. Con gabardina de neopreno, el anciano esfeniciforme se ha reintegrado a la comunidad.

Además de elegante, el modelo es cómodo, calentito e impermeable. En el polo, ténganlo por cierto, se los van a quitar de las aletas.
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