Una de las principales ventajas que presenta la realidad sobre la ficción es que aquella no tiene obligación de parecer creíble. La muy ladina lo sabe y se aprovecha para satisfacer su pulsión por el surrealismo.
Anoche decidí bajarme al bar de la esquina para ver el partido de baloncesto en compañía de otros individuos de la especie humana. Un atractivo de dicho establecimiento es que ofrece un ilimitado suministro de frutos secos, patatas y galletitas saladas a todo aquel que pida una consumición. Encargué mi correspondiente bebida y me dispuse a tomar por asalto el cestillo de las pipas, monopolizado en ese momento por un grupito de tres mujeres que frisaban la treintena. Si hubiera sabido la tempestad de irrealidad que caería sobre mi cabeza, me hubiera conformado con los panchitos que había en la barra.
- Hola, espero que no tengáis nada en contra de los ladrones de pipas.
La más joven de las tres, melena castaña, ojos oscuros y la expresión desconcertada de quien se ha bebido más ron que un pirata de parranda, se vuelve hacia mí y, señalándome con el dedo, pregunta:
- ¡Tú, tú, tú! ¿Sabes a quien te pareces?
- Sorpréndeme.
- ¡Al tío que imita al novio de Falete en el programa de "Sé lo que hicisteis"!
Mi cerebro comenzó a buscar una imagen del imitador para evaluar lo atinado de la comparativa. Mientras, la fisonomista aficionada consideró necesario hacer una precisión.
- Lo cual es un piropazo porque ese programa es lo mejor y todos los que salen en el molan mucho.
Desistí de ubicar en mi mente la imagen del tipo y decidí redondear la conversación con una broma inocente.
- Mientras me parezca al imitador y no al imitado....
El chiste no fue bien recibido. Por alguna razón que todavía se me escapa, la fisonomista aficionada dejó paso a la terapeuta improvisada:
- A ti te pasa algo. Tú has estado en el seminario, eres del Opus o tienes tienes un problema sexual. Yo esas cosas las noto.
En el mundo existen talentos muy insólitos. Diagnosticar patologías sexuales a completos desconocidos tiene que ser uno de los más extraños.
- Yo diría que no.
- Entonces eres gay. ¿Verdad que eres gay?
Me reprimí las ganas de contestar que conocerla me podía llevar a planteármelo y me volví a la barra. A los diez minutos vino ella para encargar su enésima copa de ron.
- Vale, no eres gay, pero tienes un problema para relacionarte con la gente. Eres demasiado educado y correcto y eso es como tener una escoba metida por el culo. Además eres un falso, porque vienes ahí a machete con las pipas y ¿luego qué? Luego no se sabe que es lo que quieres de nosotras. Decídete.
- Sí, tienes razón, soy demasiado educado.
La continuación de la frase - "debería aprender de ti, que no tienes ese problema"- la dejé sin articular. En algún momento de mi vida me enseñaron a no insultar a una mujer borracha y sigo pensando que es una buena regla de conducta.
La moza volvió con sus amigas y yo me quedé pensando si la noche podía volverse aún más extraña. Podía. Cuando ya me disponía a pagar para volver a casa una señora de indefinible edad y con aspecto de pernoctar en un contenedor de basura se acercó para comentarme que "le parecía muy guapo y que, si quería, me podía tomar la última en su casa."
En ese momento, una voz familiar, aguda y alcoholizada, se impuso sobre la música del bar:
- ¡Qué fuerte! Una yonki se quiere liar con el pijo de las pipas.
Lo peor de todo es que me dejé olvidado el paraguas y esta noche debería volver por él. Espero que de un día para otro cambien los parroquianos. Mi salud mental no resistiría otra velada con guión de Buñuel.