
El éider de anteojos (Somateria fischeri), un vistoso pato con gafas y edredón de plumas incorporado es ave de insólitas costumbres y excéntricas migraciones. En otoño, cuando la generalidad de los patos hiperbóreos pone rumbo al sur para no pelarse de frío, nuestro ánade eleva el vuelo, se agrupa en bandadas y enfila decidido hacia el norte. Durante siglos se ha ignorado dónde pasaba el invierno este viajero boreal. Tan sólo se sabía que, al llegar la primavera, los éideres regresaban, satisfechos y orondos, a sus territorios estivales de cría para traer al mundo una nueva generación de vigorosos patitos con antiparras.
Fotografías por satélite -hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad- han confirmado que este pato miope, lejos de sufrir un problema grave de lateralidad, había ideado un plan maestro para ponerse hasta las trancas de almejas y camarones. Las populosas bandadas se posan en lugares específicos del Océano Ártico y el Estrecho de Bering. En torno a los patos, el calor corporal de tanto pájaro apiñado y el continuo pataleo de sus palmeadas extremidades evita que se forme una capa de hielo. Apartados de este modo del mundanal ruido y lejos de toda competencia, los ingeniosos palmípedos dedican el invierno a engordar como capones zampando el marisco que atrapan en sus profundas zambullidas.
La rubia de anteojos, una bella variedad de señorita ojiverderona con camiseta de termolactil, comparte, para mi desgracia, las costumbres migratorias del ánade boreal. Ha sido llegar el frío y, con imprudente desprecio del gélido clima, la intrépida mozuela se ha largado a estudiar un doctorado a la distante y nivosa Prusia Oriental.
Esperemos que cesen ahí las analogías con el pato. No quiero que me la devuelvan hinchada como un odre de vino y con la firme resolución de ponerse inmediatamente a criar.