Madrid es ciudad generosa en el ruido y proclive a la escandalera. Cada mañana, de camino a la biblioteca, escucho conversaciones, gritos, cláxones, martillazos y taladros. En alguna ocasión he oído también el caramillo del afilador o la llamada del trapero. Inusitado resulta, en cambio, escuchar peticiones de auxilio. Sin embargo, esta mañana, un lastimero "¡Ayuda, por favor, ayuda!", de agudo timbre y preocupado acento, ha rasgado el aire hasta mis oídos.
Mi caballero andante interior ha tomado las armas. Buscando la procedencia de la súplica he caminado hasta un alto muro de cemento sin luces ni rotulación. A mitad de muro una puerta metálica rompía su continuidad. A través de un hueco de la misma, una mano diminuta asomaba al exterior. Por si la escena no fuera suficientemente carcelaria, tras la mano asomaba la manga de un uniforme rayado.
Konzentrationlager Madrid en hora punta
Ya andaba yo buscando en mi agenda el número del Ejército Rojo o el teléfono de la Resistencia cuando la realidad solucionó el misterio de un certero fogonazo. Un grito de
"¡Tú la llevas!" me comunicó que aquel recinto, lejos de ser un campo de concentración capitalino o un
gulag metropolitano, no era sino un colegio de educación primaria. La manga rayada, huelga decirlo, pertenecía al guardapolvos de un chiquilín escolarizado.
El resto del enigma lo solventó el infantil prisionero. Al notar que alguien andaba cerca, concretó sus padecimientos:
- ¡Ayuda, por favor, ayuda, alcánzame ese cromo de Pokemon!Se lo devolví de muy buen grado y me marché.
¡Su pokemon, tovarich!
Supongo que ya no podré ser un héroe del Ejército Rojo condecorado por su valor, pero un "gracias, señor, muchas gracias" entonado por un rapazuelo feliz tampoco es mala manera de comenzar el día.
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